3.22. Novena tarde

  • José Carlos Mariátegui

 

         1El señor Manzanilla no quiso perder ayer la costumbre de compartir la presidencia de la Cámara de Diputados con el señor Peña Murrieta. El señor Manzanilla fue presidente hasta que llegó el ministro de Hacienda a la sala de sesiones. Y el señor Peña Murrieta fue presidente desde que llegó el ministro de Hacienda a la sala de sesiones. Se diría que el señor Manzanilla no quiere ser presidente de la cámara cuando llega a ella el ministro de Hacienda.
         El debate de presupuesto se inició lánguidamente. Pero de pronto tuvo un estremecimiento, una convulsión, un grito. Fue a propósito del negociado de la Brea y Pariñas. El señor Químper pidió que fuese a la cámara el ministro de Fomento para explicar las medidas del gobierno en este asunto. Y la mayoría, previendo la dilación de este debate que estira más cada día, se opuso al pedido del señor Químper. Y el señor García y Lastres se puso de pie para decir sus eternas y arrogantes frases:
         —Los antecedentes de este gobierno son inmaculados. El criterio de este gobierno es majestuoso. El pensamiento de este gobierno es supremo. La honorabilidad de este gobierno es insospechable.
         El señor García y Lastres es evidentemente “colónida”. Tiene la certidumbre de que es genio. Imita a los escritores del grupo literario más audaz y vibrante de esta tierra. Y habla de esta suerte:
         —Mi admirable proyecto. Mi notable estudio. Mi portentoso análisis. Mi gran erudición.
         Y de vez en cuando hace estas modificaciones modestas:
         —El admirable proyecto del ministro de Hacienda. El notable estudio del ministro de Hacienda. El portentoso análisis del ministro de Hacienda. La gran erudición del ministro de Hacienda.
         Y el ministro de Hacienda es el propio señor García y Lastres.
         Y tuvo ayer otra actitud interesante el señor García y Lastres a propósito de la renta del estanco del tabaco. El señor García y Lastres no consentía que se aumentase la renta del tabaco. Y fundaba su oposición así:
         —¿Por qué dice su señoría el señor Torres Balcázar que va a aumentar la renta del tabaco? ¡Si las gentes fuman menos cada día! La ciencia demuestra que la nicotina hace daño. Y cada día disminuyen más los fumadores. Yo no fumo.
         La cámara tuvo una sonrisa. Y el señor García y Lastres continuó.
         —Sí, honorables señores, yo no fumo. No me placen ni los vulgares cigarrillos nacionales, ni los burgueses cigarrillos habanos, ni los voluptuosos cigarrillos egipcios. Tampoco me placen los puros. Hay gentes que los usan después de la comida tras el café. Pero yo no soy de esas gentes. Y el presidente de la República tampoco fuma. Y el señor Manzanilla tampoco fuma. Son ya muy pocos los grandes hombres que fuman.
         El señor Tudela y Varela se puso a punto de interrumpir para decir:
         —¡Yo fumo!
         Pero comprendió el señor Tudela y Varela que iba a dejar en situación desairada al ministro de Hacienda. Calló su protesta. Y a la salida de la cámara le dijo a un compañero con absoluto convencimiento:
         —¡El señor García y Lastres es todo un ministro de Hacienda!


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 22 de septiembre de 1916. ↩︎