3.2. La lista negra - Homenajes

  • José Carlos Mariátegui

La lista negra1  

         En la Cámara de Diputados hay un amable espíritu de diversión y mataperrada. Los representantes gustan en ella de sentirse jóvenes, jubilosos y risueños. Y se empeñan en sentirse en el Parlamento como en un colegio, salvo en las severas horas de sesiones, que son como las severas horas de clase. Y aun en estas horas de sesiones, hay siempre sonrisas, travesuras y morisquetas clandestinas, que escapan bajo la mirada del presidente excelentísimo. Solo se sustraen a esta retozonería las austeras personalidades del señor Ulloa, del señor Ráez, del señor Maldonado, del señor Román, del señor Bedoya y de algún otro parlamentario. Pero también estas austeras personalidades son protectoras, benévolas y complacientes. Transigen con la alegría, sonriente la expansión y hacen la vista gorda para la mataperrada. Hay, sin embargo, algunos, muy pocos, que quieren ser graves a porfía. Son el señor Menéndez, el señor García Irigoyen, el señor Sayán Palacios, el señor Velezmoro.
         Y es en la minoría independiente, en el grupo que por contraste es el que toma más en serio el bienestar de la patria y la salud de las instituciones, donde es mayor la dosis de buen humor y de alborozo. Casi todos los representantes de la minoría son joviales y plácidos. Tienen la sonrisa en los labios. Y si no fuera exagerado diríamos que también tienen la sonrisa en el ademán. El señor Borda que en las sesiones es susceptible, nervioso y violento, en la intimidad de los pasillos, de la cantina y de los intermedios es jocundo, dicharachero y alegre como unas pascuas. El señor Torres Balcázar tiene, en el fondo de sus hoscas apariencias, un espíritu afable y complaciente. El señor Basadre es juguetón y mataperro en todo instante. El señor Salazar y Oyarzábal guarda latentes alardes de juventud. El señor Castro es un recordman de la jovialidad y del humorismo. El señor Secada, que hace chistes en los discursos parlamentarios, es capaz de hacer una zarzuela completa en la intimidad. Y así son todos. Tienen alma festiva. Y poseyendo aptitudes egregias para la tragedia, gustan siempre del buen humor y de la gracia.
         No en vano los hombres, desde Aristófanes hasta José Ingenieros han hecho exaltación y culto de la risa. No en vano el señor Manzanilla ha demostrado que él, viendo a Aristófanes ya Ingenieros, sabe hacer de la sonrisa gayo empleo. No en vano en íntimas pláticas ha dicho cómo la sonrisa es más aristocrática que la risa, porque mientras ésta tiene estrépito y resonancia y escándalo, aquella es sigilosa, muda y callada. Y no en vano nosotros, que somos algo menos que Aristófanes, que José Ingenieros y que el señor Manzanilla, decimos a veces:
         —Una carcajada es como un pistoletazo; una sonrisa es como una puñalada.
         La Cámara quiere buen humor, placidez y travesura. Y abomina de la gravedad, de la rigidez y de la ceremonia. Y no es para menos. En la hora presente existe la especialísima circunstancia de que en la presidencia de ella está el señor Manzanilla.
         Y la minoría gusta de las bromas y de los juegos. El señor don Abelardo Gamarra les dice cotidianamente a sus miembros:
         —¡Qué “mozones” son ustedes!
         La última “mozonada” de la minoría —justo es que hablemos como el señor Gamarra, de quien mucho tememos que “se pique”, como dice él también— ha sido la confección de la “lista negra”. Así como la Gran Bretaña ha formado una nómina para boicotear a los comerciantes alemanes, la minoría ha formado también una nómina para boicotear a ciertos representantes de la mayoría. Y va a boicotearlos, no por ser adversarios, pues la minoría es muy cortés y respetuosa. Va a boicotearlos por serios, por graves, por severos, por inflexibles. La minoría les tiene la misma animadversión que les tienen los colegiales a esos chicos “más grandes” que aspiran a pasantes. Les anatematizan por rígidos y por ceñudos. Y proclama el imperio de la risa, de la amabilidad y de la gracia. La minoría no quiere “gente seria”. Y se indigna contra los representantes de la mayoría que siendo austeros no saben ser complacientes con la travesura y con la juventud ajenas. Y ha comenzado a anotarlos en la “lista negra”.
         La noticia de la “lista negra” ha circulado sensacionalmente en la Cámara. Y ha tenido repercusión enorme en la mayoría. Todos los representantes han querido saber quiénes eran los comprendidos en la lista negra.
         Y ha habido interpelaciones a granel:
         —A ver, compañero, ¿cuáles son los de la lista negra?
         —Es un secreto.
         —Pero a mí, por supuesto, no me habrán comprendido. ¿No es cierto? ¡Yo soy muy buen amigo de ustedes!
         —La lista negra es para todos los intolerantes, para todos los intransigentes, para todos los inflexibles.
         —¡Pero si yo soy muy tolerante, muy transigente, muy flexible! ¿Cuándo les va a interesar a ustedes una votación? Yo los acompaño. ¡Vaya si los acompaño!
         Y así por el estilo, ha habido diálogos sabrosos e interesantes.
         Y se ha averiguado algunos de los nombres de los consignados en la “lista negra”. Un amigo nos los ha confiado. Ha sido así:
         —¡A ver, un nombre! ¡Uno solo!
         —¡Uno solo! Pero, con mucha reserva. El señor Menéndez.
         —¡El señor Menéndez!
         —Sí, el señor Menéndez. Ha sido el único ministro que se ha hurtado a las interpelaciones.
         —¿Y otro?
         —¡Uno más, solamente! El señor García Irigoyen.
         —¡El señor García Irigoyen!
         —Sí, el señor García Irigoyen. Y ahora un último. El señor Sayán y Palacios.
         —¡El señor Sayán y Palacios!
         —Sí, el señor Sayán y Palacios.
         —¿Y otro? ¡Por favor! ¡Una llapa!
         —¿Una llapa? Bueno. El señor Velezmoro
         Y tenemos averiguado que el señor Velezmoro es el único a quien se ha consignado en la lista negra a su solicitud. El mismo lo ha pedido. Y ha hecho franca y leal confesión a la minoría:
         —Yo soy enemigo de ustedes. Yo estoy con el señor Pardo. ¡Y a mí no me metan en muchachadas! ¡Yo soy muy serio! Yo soy muy circunspecto…

Homenajes  

         Ayer fue el cumpleaños del señor doctor don Augusto Durand. Su onomástico, como diría el señor García Irigoyen que es muy atildado. Su natalicio, como diría una limeña vieja. Su “santo”, como diría el señor Abelardo Gamarra y, con el señor Abelardo Gamarra, todo Lima criollo. Solo que, tratándose del Dr. Durand que es jefe del Partido Liberal, partido de herejes, y que además de venal es ateo, no creemos que sea muy apropiado el calificativo de “santo”.
         Y, con tan interesante motivo, el doctor Durand que, a pesar de su juventud, es, por sus arrestos y acometividades y rebeldías, un caudillo representativo de nuestro ayer político, recibió los homenajes de cuantos en Lima tienen el honor de ser sus amigos.
         Todos sus correligionarios, todos sus adictos y todos sus subordinados acudieron a decirle que lo admiraban, que lo querían o que lo reverenciaban. Y muchas veces las felicitaciones llevaban conexas voces, ofrendas o pensamientos que demostraban la devoción de quienes los formulaban y enternecían y emocionaban al doctor Durand.
         Los viejos liberales le recordaron al doctor Durand su pasado de héroe pertinaz de nuestros últimos lustros de historia política. Y le recordaron sobre todo los días en que fue muchacho, en que fue travieso y en que fue cabecilla de montoneros coalicionistas.
         Los jóvenes liberales le hablaban al doctor Durand del porvenir. Le decían que ya estaba en punto de ser presidente de la república. Ni más ni menos que como dicen las viejas del almíbar. Y le disertaban sobre arduas cosas doctrinarias, sobre los conceptos políticos modernos y sobre la separación de la Iglesia del Estado. Esto, en día de fiesta y de fiesta tan grande, le parecía por supuesto una impertinencia muy grande al doctor Durand.
         Los empleados de La Prensa querían publicar, en celebración del cumpleaños, una edición en colores y con una alegoría. Pero el doctor Durand risueñamente se negaba y les inducía a que aguardasen más bien la oportunidad ya cercana del Año Nuevo o la oportunidad, más cercana aún, de la fiesta de la primavera.
         El señor Balta intentaba hacer al doctor Durand, a guisa de obsequio, la síntesis del discurso de dos días que había dejado de pronunciar en la Cámara. Pero el doctor Durand con excelentes modales se oponía a esta pretensión y tenía para ella el amable calificativo de extemporánea.
         El señor Balbuena no intentaba hacer síntesis de discurso alguno. Menos          considerado y más arbitrario que el señor Balta, hacía el discurso mismo. Y lo prologaba de esta suerte:
         —El cumpleaños posee una significación espiritual muy profunda para quien lo celebra. El cumpleaños es evocador. Tiene el valor histórico de la conmemoración. Tiene el valor moral de la experiencia. Cuando llegamos a nuestro cumpleaños parece que hiciéramos una “pascana” en nuestra vida. Nos detenemos un instante y volvemos los ojos al pasado. A veces en nuestro camino cae fuego del cielo. Otras veces cae copiosa lluvia de fecundación. Pero siempre cae algo. ¡Y entonces, yo descubro en el cumpleaños muy honda trascendencia en el espíritu del individuo y en sus orientaciones! ¡Y entonces, yo sostengo la absoluta necesidad de que en este día nos regocijemos y, como la tradición dice, echemos una cana al aire! ¡Porque la tradición es sabia! Porque la tradición es una fuente magnífica de lecciones y de intuiciones, de experiencias y de augurios.
         Y el doctor Durand comprendió que la felicitación del doctor Balbuena tenía vuelos de discurso. Y lo cortó con una sonrisa y con un ademán. Y con una copa de champaña.
         Pero el Conde de Lemos quiso refutar las teorías del señor Balbuena e intervino.
         —¡No tal, Balbuena! La del cumpleaños es incongruente conmemoración. ¿Qué recordamos el día que cumplimos años? Recordamos la circunstancia, necia pero determinativa, de nuestro nacimiento. ¿Y qué constatamos el día que cumplimos años? Constatamos que nos envejecemos. Luego la evocación es la evocación de una infelicidad y la constatación es la constatación de otra infelicidad. Luego es grotesco que en día de este linaje nos alborocemos, nos emborrachemos y nos pongamos bullangueros. Luego es absurdo que hagamos en tan infortunada oportunidad tan desatinado aspaviento.


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 2 de septiembre de 1916. ↩︎