7.2. Otro panorama

  • José Carlos Mariátegui

 

         1Este panorama de hoy no tiene nada del panorama de ayer. Nada absolutamente. No es solo que el señor Leguía está en el Palacio de Gobierno y el señor Pardo en el Panóptico. No es solo que el señor Cornejo está en el ministerio desde el cual el señor Mavila, encasillado en su deber moral, se reía ayer no más de una tundente catilinaria del tribuno ilustre. No es solo que el leguiísmo nos manda, nos gobierna y nos dirige. No es solo que el gobierno provisorio ha condenado a muerte al Congreso. Es que ha desaparecido bruscamente el tema que ocupaba todos los comentarios, todos los espíritus, todas las actividades y todos los pensamientos: el tema presidencial.
         El golpe leguiísta cortó el debate presidencial en los instantes precisos en que se iniciaba. Y en que los diarios echaban a vuelo la María Angola de sus editoriales. Y en que los partidos tomaban posiciones estratégicas para la lucha. Y en que estaban en gestación los borradores de un manifiesto futurista. Y en que las gentes peleaban por un asiento de primera fila en la barra parlamentaria.
         Ahora nadie habla del problema presidencial. El problema presidencial está resuelto. Y, si al señor Leguía no se le hubiera ocurrido reformar nuestra carta política, todo habría concluido. Todo habría concluido con la sustitución del señor Pardo por el señor Leguía.
         Todo, todo, todo. Los periodistas, los políticos, los chismosos, las demás gentes que nos habíamos hecho la ilusión de asistir a una gran contienda, habríamos sido burlados. Habríamos sido estafados.
         Pero Dios es grande.
         Dios tenía que mirar con ojos de misericordia a cuantos en esta tierra voluptuosa y mestiza necesitábamos la emoción de un espectáculo prolongado, sensacional y pintoresco.
         Se nos quitaba un espectáculo. Bueno. Pero se nos proporcionaba otro.
         Y este otro espectáculo es más interesante todavía. Y es, además, un espectáculo a largo plazo. Ya no discutimos si el Congreso elegirá al señor Leguía, elegirá al señor Aspíllaga o elegirá a un tercer candidato. Ya no discutimos eso que nos entretenía mucho, pero que no nos iba a durar sino, a lo sumo, hasta el dieciocho de agosto. Actualmente discutimos algo más tremendo. Discutimos la elección de un nuevo congreso y la sanción plebiscitaria de una nueva constitución. Ya nadie habla de la constitucionalidad. Todos sabemos que hemos salido de la constitucionalidad; pero son pocos los que, asustados, quieren volver a ella. Lo que busca la mayoría es una constitucionalidad distinta.
         El señor Cornejo, resplandeciente de orgullo, con la cartera de gobierno bajo un brazo y la cartera de guerra bajo el otro, siente la gran satisfacción histórica de ser un Clemenceau peruano. Y anuncia a la república, por conducto de los periodistas, que van a invitarlo a que designe otro Congreso y vote otra Constitución.
         Y el señor Osores, político sustancialmente revolucionario, abre paso con sus manos enérgicas y sus palabras sagaces a la idea de una renovación total.
         Pero el comentario de los políticos no es optimista. Es, más bien, incrédulo. Es, más bien, escéptico. Los comentaristas de la política no se entusiasman con las arengas del señor Cornejo. No las contradicen ni las observan. Pero mueven la cabeza negativamente.
         —Eso de la renovación del Congreso no podrá ser. Hiere muchos intereses. Muchos intereses que no se dejan sentir bulliciosamente en las calles; pero que se dejan sentir, vigorosos y tentaculares, en todos los organismos, en todas las instituciones y en todos los núcleos dirigentes. Los actuales representantes a Congreso tienen que defenderse.
         Un prosélito de la reforma, exasperado por estas dudas y estas desconfianzas, coge al azar un argumento que a él le parece decisivo.
         —Está bien. ¡Los actuales representantes a Congreso tienen que defenderse! ¡Pero el gobierno provisorio dispone del medio de neutralizarlos eficazmente! ¡No necesita sino prometer su regreso al Congreso!
         Y los comentaristas de la política se sonríen entonces con más ganas que nunca:
         —Perfectamente. ¡Pero es que para eso no vale la pena cambiar de Congreso y mudar de Constitución!


Referencias


  1. Publicado en la La Razón, Nº 52, Lima, 9 de julio de 1919. ↩︎