4.8. Vacilante e irresoluto

  • José Carlos Mariátegui

 

         1El señor Maúrtua se encuentra pensativo. El gobierno ha acordado enviarlo a La Haya; y, como es de práctica en estos casos, se ha dirigido a la Reina de Holanda preguntándole si el señor Maúrtua es una persona grata para el gobierno holandés. Y desde entonces mil preguntas ansiosas tienen asediado al gran bolchevique: —¿Nos deja usted señor Maúrtua? ¿Nos deja usted en este instante de enseñoramiento del socialismo? ¿Nos deja usted tan pronto? —El señor Maúrtua no sabe qué responder. Hay días en que amanece con la resolución inquebrantable de marcharse a La Haya. Y hay días en que amanece con el propósito firme de quedarse entre nosotros.
         —Aceptar la representación en La Haya —piensa a veces el señor Maúrtua— es aceptar el destierro.
         Y enseguida reúne en cónclave a sus contertulios cotidianos del Club Nacional para someterse a su amistoso dictamen y a su noble discernimiento. Y oye la opinión del señor don Manuel Vicente Villarán, del señor don Manuel Augusto Olaechea, del señor don Pedro Dávalos y del señor don Carlos Velarde. Y discute ardorosamente sus razones. Y contradice las del señor Dávalos.
         —¡Este don Perico quiere “cabulearme”! ¡Este don Perico Dávalos!
         Y, después de consultar a su consejo, continuo irresoluto.
         Las noticias que circulan sobre el señor Maúrtua son, por eso, distintas. Unas veces se cree inevitable su viaje a La Haya. Otras veces se le considera dudoso. Y las gentes, naturalmente, se impacientan.
         Pero es que las gentes no estudian la situación del señor Maúrtua. Las gentes tienen una noción superficial de las cosas. Las gentes ignoran lo que pasa en el ánima del señor Maúrtua. Ignoran que no ocurre, sino que el señor Maúrtua siente en algunas ocasiones la necesidad de irse y el deseo de quedarse y, en otras ocasiones, la necesidad de quedarse y el deseo de irse.
         El señor Maúrtua, al restituirse al país hace cuatro años, adquirió el anhelo de no abandonarlo más. Una serie de fervores patrióticos, se apoderó de su espíritu. Los sentimientos de la familia, del suelo y de la tradición eclosionaron en él. Y pensó que no debía prolongar su vida nómade de diplomático. En la Universidad, en el Parlamento y en la Prensa ostentó un afán indisciplinado pero intenso de lucha y de trabajo. Echó a todos los vientos los gérmenes de su doctrina maximalista y revolucionaria. Arremetió contra todas las costumbres, contra todas las instituciones, contra todas las leyes y contra todos los hábitos criollos. Y, dirigido por el mismo impulso, llegó al Ministerio de Hacienda. Al Ministerio de Hacienda que había de ser para él una fuente de decepciones, de desencantos y de desabrimientos.
         Es por tales motivos que hoy el señor Maúrtua no se prepara con entusiasmo ni con placidez para su viaje a La Haya. Es por tales motivos, que se muestra vacilante y preocupado. Es por tales motivos que duda y se desconcierta.
         El público, mientras tanto, acaba persuadiéndose apenado de que el señor Maúrtua se va sin remedio.
         A pesar de que el señor Cornejo antiguo y recalcitrante candidato para representación del Perú en La Haya, conserva una esperanza que propala a gritos:
         —¿Maúrtua, plenipotenciario en La Haya? ¡No es cierto todavía! ¡El gobierno aún no ha nombrado a Maúrtua! ¡El gobierno no ha hecho más que preguntarle a la Reina Guillermina si Maúrtua es una persona grata para ella! ¡Y la Reina Guillermina va a contestar seguramente que no! ¡Y que el único personaje peruano que posee méritos suficientes para ir a La Haya soy yo!


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 9 de enero de 1919. ↩︎