10.2. Fe liberal

  • José Carlos Mariátegui

 

        1Andan asombradas las gentes de que el señor don José Balta, preclaro personaje de sutiles y cazurras socarronerías, se haya puesto de pie en la Cámara de Diputados –bajo la farola alechugada, en medio de los blasones virreinales y delante del general San Martín que protege los debates parlamentarios con su austera solemnidad de yeso–, para declarar que aprueba todas las cuentas presentadas y por presentar del gobierno del señor Pardo.
        Hemos comprobado personalmente esta alarma, esta perplejidad y esta grima de las gentes ante las palabras del señor Balta. Por esta imprenta, por esta estancia donde escribimos nosotros en una resignada y acuciosa Underwood, ha desfilado una muchedumbre soliviantada y nerviosa. No solo ha sido el señor Secada, fosforescente y acérrimo, el que ha puesto el grito en el cielo, separándose momentáneamente de su devoción al señor Balta. Han sido todos los ciudadanos tranquilos, metódicos y honestos que leen los periódicos, trepan de vez en cuando a la galería de la Cámara y se ocupan del superávit, de la crisis ministerial y de la observancia de la Constitución del Estado. Estamos seguros que, en su retiro solariego de gran escritor, el señor don Alberto Ulloa se ha erguido con toda la majestad de su continente viril, de su americana negra, de su chaleco blanco y de su palabra denodada para quejarse de estos osados y voraginosos tiempos que nos tienen expuestos a tanta sorpresa, a tanto desabrimiento y a tanta mala ventura.
        También nosotros hemos querido, por supuesto, clamar contra el señor Balta, indignarnos contra su comportamiento y arremeter contra su dictamen. Y para contagiarnos de la excitación metropolitana hemos visitado al señor don Juan Manuel Torres Balcázar, que es fiel y cordial amigo del señor Balta, pero que es, sobre todo, un ciudadano en mangas de camisa que espera en la puerta de su imprenta la hora en que acometerá, junto con nosotros, las grandes jornadas del maximalismo peruano.
        Mas todos estos esfuerzos nuestros han sido vanos. Han transcurrido los minutos, han hervido las protestas del comentario callejero y se han agitado los enojos de los hombres severos, sin que nosotros, humildes escritores que debemos coordinar las palpitaciones de nuestro espíritu con las del espíritu de la democracia criolla, hayamos compartido esa cólera sagrada que se transforma en apóstrofe, en denuesto, en reprobación y en alarido.
        Creemos que el señor Balta no ha hablado en serio. Pensamos que su dictamen ha sido una de esas sutiles y cazurras socarronerías que le dan a su fisonomía de político nacional el amable barniz de una burlona y mesurada eutrapelia.
        Probablemente el señor Balta se preguntaría para qué iba a revisar número por número y suma por suma las cuentas del gobierno del señor Pardo. Le horrorizaría la perspectiva de convertirse en censor, en juez o en fiscal de esta administración que ha encomendado al señor don Manuel Bernardino Pérez su defensa “ante el tribunal de la opinión pública” como dice nuestro buen amigo el doctor Baltazar Caravedo.
        Y, apreciando así su deber republicano de revisador de las cuentas fiscales, el señor Balta se resolvería a decir lo que dijo:
        –¡Yo apruebo no solo las cuentas del pasado sino también las cuentas del porvenir! ¡Tratándose de cuentas del señor Pardo yo no las discuto ni las analizo! ¡Yo las apruebo no más!
        Ha habido gentes perspicaces y avizoras que han asegurado:
        –¡Esta es una donairosa ironía del señor Balta!¡Aprueba las cuentas pasadas del señor Pardo lo mismo que aprobará sus cuentas venideras! ¡Aprobará las cuentas venideras del señor Pardo lo mismo que ha aprobado sus cuentas pasadas! ¡Las aprueba porque son del señor Pardo! ¡El señor Balta ha estado admirable! ¡Este dictamen es una risueña y deliciosa travesura!
        Pero las protestas de las demás gentes han acallado estas voces alegres:
        –¡No, señores! ¡Este es un desatino! ¡Este es un atrevimiento! ¡Esta es una monstruosidad!
        Débilmente ha vuelto a sonar la aseveración plácida y tranquila:
        –¡Es una ironía!
        La ha aplastado enseguida el grito de la muchedumbre amiga de la virtud, de la Constitución del Estado y de las buenas costumbres:
        –¡No puede ser una ironía! ¡Un “hombre de peso” como el señor Balta no puede decir ironías!
        Entonces han tenido que callarse abrumadas las pocas gentes que no han participado de la ira santa de nuestra democracia.
        Y apenas si nosotros hemos podido hablar así:
        – Pasa que el señor Balta es un hombre de mucha fe. Tiene fe en el señor Pardo. Más fe que todos los peruanos. Y la dice. Cree en el señor Pardo como creemos los católicos en los divinos misterios. Es un confesor de su fe. Y se irá al cielo.


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 3 de febrero de 1918. ↩︎