5.9. Atriciones

  • José Carlos Mariátegui

 

         1El señor Pardo quiere que le desagravien.
         El Perú lo ha enfadado. El señor Miguel Grau le ha dirigido un apóstrofe y una acusación. Y el señor Pardo, trémulo de cólera y de resentimiento, llama a los hombres de buena voluntad para que le besen la mano y le ofrezcan su arrepentimiento.
         Es indispensable que todos hagamos penitencia, que todos reneguemos de la frase descomedida y del ademán descortés. Es urgente. Es imperioso. Lo necesita la tranquilidad del señor Pardo. Lo pide la majestad del gobierno. Lo exige la salud de la república.
         Todos hemos estado en el Perú hechos unos blasfemos, unos murmuradores, unos deslenguados.
         Y el honor ofendido del señor Pardo nos llama hoy para que lo desagraviemos.
         La atrición hará olvidar el pecado. Seamos humildes. Seamos buenos. Seamos obedientes. Seamos respetuosos. El dolor nos hizo dar gritos desaforados y procaces. Arrepintámonos de corazón y seremos absueltos.
         Ayer el general Puente nos dio el ejemplo. Llevó a Palacio a los jefes y oficiales del Ejército y de la Marina para que le dijesen al señor Pardo su sentimiento por las acusaciones del señor Miguel Grau. Y los jefes y oficiales, invocados por la disciplina, fueron a Palacio sin saber si iban a arengarles o si iban a tomarles un grupo fotográfico.
         Nosotros vimos pasar uniformes, galones, entorchados, plumas. Y nos quedamos sorprendidos.
         Unas gentes nos sacudieron y nos gritaron:
         —¡Vamos a Palacio!
         Y nosotros nos desasimos de ellos asustados creyendo que nos invitaban a cosa subversiva y mala.
         Nos equivocamos.
         Era que las gentes nos inducían a ir también a Palacio para desagraviar al señor Pardo que está con el alma afligida por todos los desacatos que su nombre y su autoridad han sufrido.
         Hace varios días que el señor Pardo no tiene quietud ni sosiego. No vuelve la calma a su espíritu ni en Lima ni en Miraflores.
         No le aturde ni siquiera el vértigo febril del automóvil. Cuando las gentes creen que duerme, está en vigilia. Los apóstrofes lo persiguen resonantes e inexorables.
         Y es por eso que quiere que le exoneren del agravio, de la condenación, del anatema. Está seguro de que, si los hombres del ejército, de la marina, de la administración, van a ofrecerle su simpatía, quedará satisfecha y bien aventurada su ánima. Y pide la atrición de todos los peruanos.
         El civilismo que quiere ser generoso y bueno está ya en trance de arrepentimiento. También él pecó de palabra, pensamiento y obra contra el señor Pardo. También él habló de responsabilidades. También él lloró ante la sangre vertida. Justo es que hoy se torne penitente.
         El besamanos le dirá al señor Pardo lo mismo que todos los besamanos de año nuevo: que las gentes ciudadanas lo aman.
         Y nada más que amor nos pide a los peruanos el señor Pardo. Amor y ternura.
         Y maneras comedidas.


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 13 de marzo de 1917. ↩︎