3.7. Posta transantlática

  • José Carlos Mariátegui

Posta transatlántica1  

         Hace pocos días sonó en la cámara de diputados una frase evocadora del señor Grau. El señor Grau hacía vibrante relato histórico. Fue así la frase:
         —¡El señor Rafael Villanueva, apóstol entonces del leguiísmo…!
         La frase evocadora tuvo resonancia solemne en la cámara. Halló eco sonoro en las bóvedas de las galerías y repercutió vibrantemente en los cristales de la farola. Y la cámara, las bóvedas, las galerías y la farola repitieron lenta y reflexivamente:
         —¡Entonces!
         Y especialmente en labios de leguiístas la repetición era más pensativa y consternadora:
         —¡Entonces!
         La frase del señor Grau tuvo la virtud de que todas las miradas convergieran hacia el señor Villanueva. Y todas las miradas encontraron al señor Villanueva en su escaño de la cámara de senadores. Pero después de fijarse en él mucho rato, se dispersaron afligidas. Y convinieron en que el señor Villanueva, siendo el mismo, no era ya efectivamente un apóstol.
         Y es que el señor Villanueva tiene en estos momentos turbios presagios. Pone los ojos en el plazo cercano de las elecciones en Cajamarca. Y aunque está seguro de que Cajamarca le admira, le reverencia y le quiere, tiene un presentimiento doloroso y acongojante. Y piensa consternado en la posibilidad de que Cajamarca tenga la veleidad inaudita de no reelegirle senador.
         El señor Villanueva cree que su personalidad política reside principalmente en su senaduría. No concibe su reputación sin su senaduría. No concibe su importancia sin su senaduría. Antes creía que su personalidad política la constituían por igual su senaduría y su leguiísmo. Pero ahora parece que cree que la constituye solamente su senaduría.
         Y en su senaduría piensa el señor Villanueva todos los días. Les dirige cartas a todos los cajamarquinos. Les dice en ellas sus afectos. Y les pregunta en sus epístolas:
         —¿Qué opina el departamento de mi senaduría? ¿Qué opina el departamento de mi reelección? ¿Qué piensa el departamento de mi actuación?
         En otra época, en el “entonces” que dijo el señor Grau, las cartas del señor Villanueva tenían también esta pregunta:
         —¿Qué opina el departamento del señor Leguía? ¿Sigue admirando el departamento al señor Leguía? ¿Sigue queriendo el departamento al señor Leguía? Pero ahora el señor Villanueva se abstiene de estas interrogaciones. Y las gentes se asombran al encontrar al señor Villanueva tan cerca del señor Pardo. Yal encontrarlo lejos del señor Prado. Yal encontrarlo más lejos todavía del señor Leguía. El señor Villanueva, que tiene siempre muy buen humor, exclamaría si las gentes le anunciasen este alejamiento:
         —¡El señor Leguía está en Londres!
         Y las gentes le replicarían entonces:
         —Pero hay cable. Pero hay correo.
         Y el señor Villanueva se embarazaría mucho ante la réplica de que había cable y de que había correo.
         Nosotros, que a través de todas las intermitencias presentes creemos siempre que el señor Villanueva representa el leguiísmo tradicional, no podemos conformarnos con las actuales devociones pardistas. Y no concebimos que el señor Villanueva no siga admirando, como en recientes horas, al señor Leguía y no aceptamos que el señor Villanueva se haya olvidado del señor Leguía. Pensando en el leguiísmo del señor Villanueva nos levantamos y nos acostamos. Pensando en el señor Villanueva escribimos. Pensando en el señor Villanueva descansamos. Y pensando nos dormimos. Y nos preguntamos constantemente:
         —¿Ya no será leguiísta el señor Villanueva?
         Y enseguida nos contestamos que no.
         Y pensando tanto en el señor Villanueva y en el leguiísmo del señor Villanueva como el señor Villanueva piensa en su senaduría. Y pensando tanto en el señor Villanueva que hemos soñado con él. Y le hemos visto a solas en su despacho. Le hemos visto tan claramente que hemos advertido que estaba con bata y con gorro de dormir. Y que el gorro tenía una borla.
         En nuestro sueño el señor Villanueva le hablaba a un retrato del señor Leguía. Le hablaba de esta guisa:
         —¿Por qué nos olvida usted? ¿Por qué está usted tan lejos? ¿Por qué no nos ampara usted? Yo siento la necesidad de que usted nos asista. ¡Vuelva usted al Perú, señor Leguía! ¡Toda la gente de Cajamarca me envía memorias para usted, señor Leguía!
         Luego añadía con una entonación plañidera y conmovida:
         —Ya no es posible ir a Palacio, señor Leguía. Ya no es posible. Yo he ido a veces. He ido por evocarlo, señor Leguía. Y he visto y he sentido que Palacio ha cambiado desde que usted se fue, señor Leguía. Y finalmente, después de una pausa que le daba bríos, el señor Villanueva decía:
         —Palacio está desierto… ¡Nadie se da cuenta de que existe dentro un presidente…! Allí falta el alma de usted, señor Leguía…
         Hemos soñado después que el señor Villanueva dejaba de dialogar con el retrato del señor Leguía. Y que aguaitaba a la calle por una persiana del balcón. Y que miraba el reloj. Y que cerraba las puertas de su gabinete. Y que constataba la soledad y discreción de la hora. Y que le escribía después al señor Leguía. Y que, enamorado de su frase final, le ponía en la carta:
         — “Palacio está desierto… Nadie se da cuenta de que existe dentro un presidente. Allí falta el alma de Ud., señor Leguía…”.
         Y después de haber soñado todo esto nos hemos despertado. ¿Por qué nos hemos despertado después de haber soñado de esta suerte?


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 7 de septiembre de 1916. ↩︎