7.16. El programa del tribuno

  • José Carlos Mariátegui

 

         1El señor Cornejo tiene engolfado en un debate interminable al gobierno provisorio. Tres o cuatro ministros, con el tribuno a la cabeza, aspiran a una representación parlamentaria. Y el señor Leguía estudia cotidianamente con el gabinete el medio de que sean elegidos sin conflicto para el gobierno.
         Naturalmente, el señor Cornejo cree que no hay motivo para tanta preocupación. En su concepto, los ministros pueden ser candidatos sin abandonar el ministerio. Nada importa que la Constitución, como él previsoramente lo propuso, no vaya a ser reformada en este sentido.
         —¿Quién va a dudar de la espontaneidad de nuestra elección?—pregunta el tribuno a sus compañeros. ¿Quién va a dudar del deseo unánime de los pueblos de que ocupemos un puesto en la Constituyente?
         Y se pasea a lo largo del gabinete presidencial.
         Pero los demás ministros no participan de la opinión del señor Cornejo. Creen que, si aceptan una representación parlamentaria, deben renunciar al ministerio. Que son incompatibles la condición de ministro con la condición de candidato. Y que, por consiguiente, tienen que dejar el gobierno para presentar sus candidaturas.
         Y esto no le gusta al señor Leguía. El señor Leguía piensa lo mismo que el señor Cornejo. Sostiene que los actuales ministros no se hallan en la situación vulgar de todos los ministros. Asegura que la constitución no rige con ellos. Y anima a los ministros a que continúen, a un mismo tiempo, de ministros y de candidatos.
         El señor Leguía se fija, ante todo, en la inoportunidad de una crisis ministerial. Recuerda que a los dos días de inaugurado su gobierno, no pudo sustituir al ministro de Guerra. Comprende que menos aún podría sustituir ahora, sin embarazo y sin fastidio, a tres o cuatro ministros.
         Y, por esto, sujeta a sus ministros en Palacio.
         Una solución sería que el señor Cornejo desistiera de su candidatura. El desistimiento del señor Cornejo causaría el desistimiento de los otros ministros. Pero el señor Cornejo no se desistirá por ningún motivo.
         El señor Cornejo se ha trazado un programa invariable. El primer número de este programa lo obliga a actuar en el gobierno como ministro revolucionario, plebiscitario y reformador. El segundo número de este programa lo obliga a actuar en la Constituyente como leader de la revolución. El tercer número, según la sospecha pública, lo obliga a actuar en el extranjero como embajador del Perú, uniformado de gala, seguido de una escolta brillante y condecorado con la roseta de oficial de la legión de honor. El cuarto número, probablemente, es una gran apoteosis final.
         Y este programa impide que el señor Cornejo se abstenga de presentar su candidatura. El señor Cornejo no concibe una Constituyente sin discursos suyos. No la concibe. No la concibe. No la concibe.
         Otra solución sería que solo el señor Cornejo presentase su candidatura. Y que, como él no considera necesario renunciar para ser candidato, no perturbase con su candidatura la tranquilidad gubernamental. Pero los otros ministros no la consienten. Los otros ministros candidatos no quieren desistir si el señor Cornejo no desiste también. Si el señor Cornejo mantiene su candidatura, los otros ministros las mantienen igualmente. Y empiezan por separarse del gobierno.
         El problema consiste, pues, en convencer al señor Cornejo de que se conforme con no formar parte de la Constituyente. Y resulta, por consiguiente, casi un problema insoluble. Porque el señor Cornejo no es capaz de alterar su programa. Su programa para él es sagrado. Sagrado en todas sus partes.


Referencias


  1. Publicado en la La Razón, Nº 66, Lima, 23 de julio de 1919. ↩︎