3.16. Pisco, predilecto

  • José Carlos Mariátegui

 

         1Pensaban las gentes de esta tierra —que piensan siempre muchas tonterías— que el señor don Arturo Pérez Figuerola se hallaba muy a gusto en su conspicuo puesto de director de Fomento. Pensaban que el señor Pérez Figuerola no cambiaría jamás su sosegada condición burocrática de director de Fomento con la inestable y precaria condición política de ministro del ramo. Pensaban que el Sr. Pérez Figuerola tenía como ambición máxima de su alma de funcionario adiposo y metódico una jubilación gloriosa con el siguiente programa: agradecimientos, recompensas y honores del gobierno y del parlamento; banquete universal y solemne en el Restaurant del Parque Zoológico; almuerzo criollo e íntimo en el Romito de Caprera con estudiantina, pisco, cantos nacionales y desafíos de “sapo” y “bochas”; homenajes hiperbólicos de la prensa, biografías con retrato, una “hora actual” de Clovis y un soneto apologético de un subalterno aficionado a la literatura y a la guitarra acogido en “Campo Neutral”; medalla de oro de la Municipalidad de Lima; de la Sociedad de Minería, de la Sociedad de Agricultura, de la Asamblea de las Sociedades Unidas y del Cuerpo General de Bomberos; función de gala en el teatro Colón; medallas, tarjetas, condecoración del gobierno sueco, discos de celuloide, discursos, apoteosis final.
         Esta creencia pública no indicaba, por supuesto, una estimación escasa o indebida de los merecimientos, excelencias, títulos y virtudes del señor Pérez Figuerola. Eso no, por ningún motivo. Indicaba tan solo un singular afecto de las gentes al señor Pérez Figuerola.
         No había persona que, amando de veras al señor Pérez Figuerola, desease verlo envuelto por las mareas políticas. Y, además, el señor Pérez Figuerola no daba motivo ni coyuntura para que se le sospechase alguna inclinación a la política. No figuraba en ningún partido. No tenía concomitancias con ningún caudillo. No estaba vinculado a ninguna causa. Como buen cultor de la cocina criolla no simpatizaba con más causa que con la popular y pintoresca “causa” que tan golosos entusiasmos provoca entre los prosélitos del menú nacional.
         El Sr. Pérez Figuerola era para la república, por otra parte, un prototipo de funcionario público. Era la flor y nata del personal administrativo. Era un dechado de la burocracia. Su espíritu ecuánime y sagaz, sus hábitos ordenados y apacibles, sus ideales mesurados y discretos, sus costumbres burguesas y tranquilas, su virtualidad y su materialidad de “hombre, de peso”, hacían de él un modelo y un espejo de directores de ministerio.
         Pero resulta ahora que el señor Pérez Figuerola anhelaba trocar su calidad de burócrata por la calidad de legislador. Quería ser diputado. Andaba poseído íntimamente por la aspiración de ocupar un escaño en el Parlamento. De tanto tratar con sus amigotes de las Cámaras, de tanto leer el diario de los debates, de tanto constatar la autoridad de su tocayo el señor don Manuel Bernardino Pérez, había sacado una extraña nostalgia parlamentaria.
         No mentimos.
         El señor Pérez Figuerola acaba de marcharse a Pisco para disputarle la diputación en propiedad por esa provincia al señor don Roger Luján Ripoll, periodista, abogado y poeta. Y a esta hora el señor Pérez Figuerola, cargado de conceptos de funcionario administrativo, y el señor Roger Luján Ripoll, ataviado con las galas de su lirismo, recorren la noble e ilustre provincia de Pisco, cada uno por su lado, resueltos a conquistar en toda forma la realización de sus amores y de sus pensamientos…


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 22 de diciembre de 1918. ↩︎