4.12. Tarde de campanillazos

  • José Carlos Mariátegui

 

         1La Cámara de Diputados se rebeló ayer contra el parlamentarismo científico del señor Manzanilla. La graduación de la luz no tuvo eficacia. Y el señor Manzanilla hubo de emplear los anticuados recursos de los campanillazos y del reglamento para aplacar y acallar a la cámara soliviantada y colérica.
         Y no fueron en esta ocasión los miembros de la minoría los que promovieron algarabía y bullicio. Fueron los miembros de la mayoría. Y fue sobre todo el sereno y ponderado señor Tudela y Varela. Fue el leader grande de la mayoría. Fue el paladín pardista de la cámara joven.
         El señor Químper, comentando el frustrado intento contra el señor Salazar y Oyarzábal, habló de la concurrencia de turbas gobiernistas a la galería de la Cámara de Diputados. Y el señor Tudela y Varela, que es muy oportuno, pensó que este era un cargo a la mayoría. Y perdió toda su ecuanimidad proverbial, gritando que aquello no era exacto. Y el señor Solar, que no consiente que se ponga en duda su reputación de representante airado y valiente, protestó con mayor energía que el señor Tudela y Varela, lo cual quiere decir que protestó con más eficaz y sonora voz.
         El señor Químper contemplaba risueñamente las actitudes violentas y destempladas de la mayoría y les ponía acotaciones irónicas. El señor Torres Balcázar se encendía para objetarlas. Y el señor Secada las azuzaba y espoleaba. Y la mayoría serenísima, la mayoría prudente, la mayoría apacible, la mayoría bondadosa, la mayoría temperante, la mayoría de todas las virtudes, la mayoría que odia el gesto colérico porque el gesto colérico afea el rostro y descompone el adorno, la mayoría de las sonrisas y de las amabilidades, perdió la tranquilidad y habló de manera desordenada y vibrante.
         El señor Moreno, coreando las exclamaciones irritadas de la mayoría, golpeaba su carpeta en una forma que nos hizo pensar seriamente en la magnitud de las puñadas de su señoría. Y exclamaba:
         —¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!
         La campanilla del presidente no tenía eficacia de ninguna especie. El reglamento fracasaba lamentablemente. Y la urbanidad y el buen tono sufrían terrible derrota. El señor Manzanilla comprendía el eclipse de su autoridad y se indignaba contra la barra. Y decía:
         —¡Si en la Cámara no se restablece la serenidad, haré despejar a la barra inmediatamente!
         Más tarde siguió el debate de las interpelaciones. El señor Moreno pronunció un extensísimo discurso. Una hora duró el discurso de su señoría y tuvo la virtud de no fatigar a la Cámara de Diputados. Así fue de profuso en frases graciosas, ocurrencias criollas, figuras retóricas y sonoras invectivas. El discurso de su señoría no parecía un discurso sino una miscelánea de almanaque. La Cámara de Diputados la celebraba con alborozo radiante de niño travieso. Y el señor Manzanilla se empeñaba en que el señor Moreno pusiese término a su discurso y le hacía, por señas, insinuaciones y súplicas. Ora se ponía verticalmente sobre los labios el dedo índice de la mano derecha. Ora le indicaba al señor Moreno la hora. Ora le hacía un guiño. Ora le dirigía una sonrisa. Ora le enseñaba la campanilla. Mas el señor Moreno seguía impertérrito.
         Y el señor Velezmoro, que aún siente el convencimiento y el orgullo de ser el leader chico de la mayoría, les declaraba muy enfadado a sus amigos:
         —¡El señor Moreno está invadiendo mis atribuciones! ¡Esta es una falta de compañerismo!


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 12 de octubre de 1916. ↩︎