4.11. Languidez

  • José Carlos Mariátegui

 

         1El debate sobre la huelga telegráfica ha descendido del alto nivel de los principios y de las investigaciones sociales. Y ha descendido al mezquino nivel de los votos de confianza y de los votos de censura. Ya no se comenta a Mr. Briand y a Mr. Viviani. Ahora se comenta al señor García Bedoya y al coronel Zapata. Si somos un poco atrevidos, declararemos que no nos parece lo mismo.
         La sesión fue floja, penumbrosa, negligente y flácida. Así lo sentimos desde el primer momento. Hablaba el señor Jiménez. Y, como es costumbre en su señoría, hablaba a gritos. Su voz parecía una voz alucinadamente profetisa y obesa. Voz de los Santos Evangelios. Voz del Misterio. Vox clamantis in deserto.
         Oyendo en tal hora al señor Jiménez hacerle violentos reparos a la reforma del Código de Procedimientos Civiles, hemos pensado en la trascendencia de la graduación científica de la luz por el señor Manzanilla. El salón estaba completamente sombrío. Había en él una vaga luz clorótica. Los representantes, los periodistas y los espectadores de la barra sentían una laxitud obsesionante. Y nosotros pensábamos en lo trágico que debía ser una noche sin luna a mitad de una pampa solitaria, en la cual diese voces agudas y trémulas el señor Jiménez.
         El discurso del señor Jiménez fue solo un anticipo de la longitud y languidez de la estación de pedidos. Después del señor Jiménez habló el señor Grau sobre las autoridades del Callao. Y habló el señor Ulloa sobre el impuesto al azúcar, sobre el ferrocarril a Huacho y sobre otras cosas graves y sonoras para las cuales el ilustre periodista tiene siempre juicioso y oportuno comentario de editorial. Y habló también el señor Químper. No es preciso agregar que habló sobre la cuestión de la Brea y Pariñas. Tampoco es preciso agregar que habló patrióticamente.
         El señor García Bedoya no quiso asistir ayer a estos interesantes preámbulos del debate sobre la huelga telegráfica. No quiso estar a la hora de la lista, ni quiso estar presente a la hora del acta, ni quiso estar presente a la hora del despacho, ni quiso estar presente a la hora de los pedidos. Una ingenua broma nuestra sobre su amor al parlamento y a su calidad de diputado por Ayaviri, ha disgustado acaso al señor García Bedoya. Y tal vez por esto no escuchó ayer la lista, el acta, el despacho ni los pedidos. Quiso que los escuchase únicamente su joven y lírico secretario el señor Abril y de Vivero. El señor Abril y de Vivero representó al ministro en los preámbulos de la sesión. Conversando con él, que es nuestro buen amigo, pensábamos en el acierto con que el señor García Bedoya había buscado secretario. Ningún secretario armoniza mejor con su ministro. Para un ministro bueno y dulce como un misionero capuchino, no puede haber mejor secretario que un poeta romántico.
         Y el debate de la huelga telegráfica lo absorbió íntegramente un discurso del señor Criado y Tejada, en colaboración con toda la Cámara. La unanimidad de los miembros de la Cámara interrumpía al señor Criado y Tejada. Y el señor Criado y Tejada tenía una respuesta y una cita del Código de Justicia Militar para cada miembro de la Cámara de Diputados. Hubo un récord de interrupciones y de diálogos.
         Puesto de pie, con un Código en la mano derecha, el señor Criado y Tejada habló sucesivamente del principio de autoridad, de Benjamín Constant, del parlamentarismo y del señor Botetano. Y tuvo enamoradas y calurosas frases para defender el principio de autoridad.
         El señor Torres Balcázar, socarrón y grave, les ponía a sus frases este comentario:
         —¡Eso es medioeval!
         Y el señor Abelardo Gamarra era más preciso, más interesante, y, sobre todo, más criollo:
         —Eso es del tiempo de ñangué…


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 11 de octubre de 1916. ↩︎