3.24. Anticipo

  • José Carlos Mariátegui

 

         1Hace mucho tiempo que el señor Celestino Manchego Muñoz ha renunciado a los azares de su caballería andante en tierras de Huancavelica. Ha preferido la regalada complacencia de la vida metropolitana. Entre las reticencias y acechanzas de la serranía y los placeres y alegrías de la urbe, ha optado resueltamente por los placeres y alegrías de la urbe.
         Y es que el señor Manchego Muñoz le teme ya a Huancavelica. Y le intranquilizan la amenaza de los atropellos de las autoridades y la posibilidad de que el albéitar le olvide, de que el boticario le traicione, de que el cura le execre y de que el campanero le hostilice.
         Y entre hacer vida violenta y luchadora en serranías inhospitalarias y rebeldes y hacer vida serena en un hotel cotizable de la capital, el señor Manchego Muñoz, renunciando a sus viriles acometividades y a sus combativas tendencias, encuentra razonable mirar desde Lima los prolegómenos del proceso electoral de Huancavelica y asistir desde Lima al espectáculo de su popularidad desbordante y victoriosa.
         Además, el señor Manchego Muñoz, siente la necesidad de cobrarle adelantos a la vida parlamentaria. Tiene la certidumbre de que dentro de un plazo inconmovible será diputado propietario por Huancavelica. Y piensa que no es pecaminoso que se haga desde ahora la ilusión de que ya es diputado. Un hurto espiritual tan inocente como el del señor Pardo respecto de los aplausos de Dalmau.
         El señor Manchego Muñoz va todas las tardes a la Cámara de Diputados. Llega a la Cámara antes de que se haya pasado lista. Cuando se llama a los representantes se imagina que el secretario dice también su nombre y contesta mentalmente. A veces ha habido en él tantas alucinaciones y entusiasmo que ha exclamado:
         —¡Presente!
         Y cuando el señor Manchego Muñoz llega a la Cámara después de que ha sido pasada la lista, muestra una contrariedad visible de diputado metódico y puntual. Y dice:
         —¡He llegado tarde!
         Los debates inquietan e interesan vivamente al señor Manchego Muñoz. Asiste a los debates desde la galería de la propia sala de sesiones. Y desde ella, a espaldas de los escaños de la minoría, se agita, interroga, hace acotaciones y paráfrasis e insinúa procedimientos. Cualquiera de estos días el señor Manchego Muñoz desciende a los escaños y pide la palabra.
         Y es que el señor Manchego Muñoz es un parlamentario de nacimiento. El Parlamento le obsesiona. Fue candidato desde que tuvo la edad constitucional para serlo. Y su único en sueño es adquirir una representación vitalicia y llegara la presidencia de la Cámara de Diputados. La sola persona a quien hoy envidia en todo el mundo el señor Manchego Muñoz es el señor Manzanilla.
         Viéndole así, entusiasmado y devoto, asistir a los debates parlamentarios e intervenir y votar espiritualmente en ellos, se siente una indignación muy grande contra los mezquinos pueblos del Perú que no han tenido todavía el gesto comprensivo de elegirlo diputado. Y se reflexiona en lo mal que hace Huancavelica en abrigar todavía dudas acerca de su elección.
         Desde la penumbra de su habitual sitio de la Cámara el señor Manchego Muñoz mira torvamente a su contendor el señor Menéndez. Y piensa que muy en breve ha de sustituirlo en su escaño. Y momentáneamente se venga de su señoría, que usurpa actualmente una representación que él siente suya, refocilándose a costa de todos los ataques de la minoría contra el señor Menéndez. Y él mismo azuza estos ataques y ajocha sigilosamente al señor Secada contra el señor Menéndez, usufructuando sus heroicos sentimientos proindígenas.
         Y no hay sesión a la cual falte el señor Manchego Muñoz. Es más puntual y constante que todos los diputados. Está en la Cámara hasta que termina la sesión. Y da opiniones e iniciativas sobre el debate. Y se resiente con nosotros porque no le mencionamos en las “Voces”.
         El señor Balbuena nos dice de él:
         —El señor Manchego recibe un anticipo de la vida parlamentaria. Una buena cuenta. ¡Y quien consigue un anticipo sobre probables utilidades tiene crédito! ¡Indiscutible, amigos míos!


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 24 de septiembre de 1916. ↩︎