3.17. Quinta tarde

  • José Carlos Mariátegui

 

         1Bajo la farola metamorfoseada, continuó ayer la Cámara de Diputados el examen del presupuesto nacional. La farola no estaba transparente, opalina, diáfana ni turbia. Su cristalería era multicolor.
         Y hubo ayer no solo examen sesudo y grave del presupuesto nacional, sino pródigo y candoroso debate sobre múltiples temas incidentales. El señor Manzanilla, risueño y gentil, hizo encender muy temprano las luces del salón. Deseaba sin duda que hubiese agitación y fiebre en el debate. Ansiaba soliviantar los ánimos. Guapeaba a la minoría. Cuando se encendieron las luces hubo muchas sonrisas y todas las miradas convergieron hacia el estrado de la presidencia. Y el señor Manzanilla, muy serio, recataba la mirada y la ponía alternativamente en la farola, en la campanilla y en el gesto alegre del señor Carrillo.
         A la hora en que llegamos a la sala de sesiones, había comenzado ya la animada, sorpresiva, alevosa, voluble, inquietante y ecléctica estación de los pedidos. Hablaba el señor Torres Balcázar. El señor Torres Balcázar suele dar a su oratoria entonación de arenga patriótica. Algo de Pablo Deroule de tiene el señor Torres Balcázar.
         Y, oyendo al señor Torres Balcázar, paseamos la mirada por la sala de sesiones. El señor Sayán y Palacios dialogaba con el señor Gálvez. El señor Manuel Jesús Gamarra dialogaba con el señor Enrique Castro. Probablemente trataba de probarle que era una calumnia nuestra suposición de que se proponía teñirse el pelo con agua oxigenada para parecerse al señor Borda. El señor Chaparro le recitaba unos versos en francés al señor Uceda, a quien le encantan los versos. El señor Borda tenía un aspecto triunfal y magnífico. El señor Fuchs, ponderado y risueño, le hacía cálculos de sistema métrico decimal al señor Vivanco. El señor Pacheco Benavides, ponderado y grave, le invitaba chocolatitos al señor Escardó y Salazar, que es austero en cuanto a golosinas y dulces. El señor Portocarrero se inquietaba leyendo una carta del señor Corbacho. El señor Málaga Santolalla hacía cuentas con los dedos de ambas manos.
         Nosotros mirábamos el reloj y pensábamos que era la quinta tarde del debate del presupuesto. La quinta serie, como dice el señor José María Miranda a quien seduce el cine permanente y “Los Misterios de New York”. El quinto capítulo, como dice el señor Sergio Rodríguez a quien encantan los folletines de los periódicos.
         Sorpresivamente nos abordó el señor Balbuena:
         —¡Hace tiempo que me tienen ustedes olvidado! ¡No me mencionan ya las “Voces”!
         Y nosotros le respondimos:
         —¿Pero a usted, doctor, le importan las “Voces”? Y el señor Balbuena se aprestaba a decirnos:
         —Por supuesto.
         Y nosotros tornábamos a responderle:
         —¿Aunque nos desdeñe el señor Velezmoro?
         Y el señor Balbuena nos abrazaba y nos decía con solemnidad:
         —¡Por supuesto!
         La actitud cariñosa y cortés del señor Balbuena nos ha obligado tanto que nos sentimos imperiosamente forzados a mencionar ley exaltarle. Ya notamos su nombre en nuestra cartera para inventarle una postura nueva cada día.
         A los pedidos complicados y graves, siguió la mansa y apacible sesión de la orden del día. Discursos importantes y transcendentales sobre el presupuesto. El señor Tudela y Varela. El señor García y Lastres. El señor Torres Balcázar. El pliego de ingresos, los coeficientes, el cobre, el porvenir, el opio. Y finalmente el señor Torres Balcázar hacía una sonora digresión política para decir que los civilistas estaban anarquizados, que los demócratas estaban dormidos, que los constitucionales eran muy viejos, que los futuristas eran muy jóvenes y que los liberales eran incorregiblemente liberales.
         Nosotros asistíamos interesados al desarrollo grave y solemne de este debate. Y el Conde de Lemos nos hacía profundas filosofías sobre el carácter de la estación de la orden del día, a propósito de nuestros comentarios sobre la estación de los pedidos. Y nos decía:
         —La estación de la orden del día se diferencia sustancialmente de las estaciones del despacho y de los pedidos. La estación del despacho es la infancia de la sesión. La estación de los pedidos es la juventud. La estación de la orden del día es la madurez. La estación del despacho es vulgar, rutinaria y mansa. La estación de los pedidos es caprichosa, violenta y agitada. La estación de la orden del día es serena, rotunda, elocuente y trascendental. A veces la sesión es precoz. Aparece el debate desde el despacho. Y la sesión entonces semeja un chico en quien la dentición se presenta prematuramente.
         Y luego nos añadía:
         —La voz del señor Tudela es monótona, azucarada y vulgar. Esta voz delata un alma fría y sin lirismo. ¿El señor Tudela y Varela es todavía alcalde de Miraflores?
         Y el señor Basadre nos preguntaba:
         —¿Por qué Dalmau no viene a los debates?
         Nosotros le decíamos que no y nuestro interlocutor exclamaba:
         —¡Pero el señor Pardo va a oír al señor Dalmau! ¡Esto no es justo!
         Y no hubo nada más de importancia en la sesión.


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 17 de septiembre de 1916. ↩︎