2.17. A puerta cerrada - Congoja - Anticipo

  • José Carlos Mariátegui

A puerta cerrada1  

         Cuando llegamos ayer a la cámara de diputados, el centinela nos gritó brusca y descortésmente:
         —¡Atrás!
         Y acudieron a detenernos un sargento y un oficial. Nos dijeron entonces que la cámara estaba en sesión secreta y que debíamos marcharnos. Quisimos argüir que nosotros tomábamos té todos los días a esa hora en el Palacio Legislativo y que en este no íbamos a prescindir de tan suntuosa y digna costumbre. Pero nos dimos cuenta de que convencer a un oficial y a un sargento juntos, es empresa difícil.
         Nos retiramos del Palacio Legislativo. Y fuimos a aguaitar a los senadores. Pero los hallamos tan serios, tan tranquilos, tan quietos, que preferimos dejarlos solos.
         Y preferimos sentarnos en una banquita de la Plazuela de la Inquisición, para reconstruir mentalmente lo que ocurriría en la cámara de diputados o para invitar al ilustre doctor Varela y Orbegoso, que está absolutamente convencido de que esa plazuela es algo así como el parque señorial de su castillo, a que se dignase conversar con nosotros. Pero en la Plazuela de la Inquisición no hacía en esos instantes sus cotidianos paseos el doctor Varela y Orbegoso. En los bancos descansaban una señora gorda, un suertero, un cholito mayordomo y otras personas símiles. Y en la plazuela triscaban cual cabritos unos chicos locuaces.
         Fue mansa y apacible la sesión secreta, según luego supimos. Se realizó en un ambiente familiar y tierno. Entró a la sala con aterciopelado y gentil paso el señor de la Riva Agüero y se sentó en un escaño. Y luego comenzó a hacer un discurso. Y como su señoría tiene voz tan dulce y le da, todos los representantes se agruparon en torno de su escaño para oírle de cerca.
         Y el discurso del señor Riva Agüero fue un discurso optimista, amable, risueño, plácido. Su señoría lo ve todo de color de rosa. Se diferencia en esto del señor Borda que lo ve todo de color de cielo. El mundo entero nos quiere, nos mima, nos engríe y nos arrulla, según el señor Riva Agüero. Nuestros vecinos parten con nosotros de un confite. La guerra actual tiene para el Perú tan afables consideraciones que hasta ahora no ha comprometido nuestra neutralidad. El submarino Deutschland que arribó a Baltimore, no tuvo nunca la menor intención de visitar al Callao trayendo tinte de cochinilla como pudo creerse alguna vez. No se ha escuchado aquí un solo cañonazo, ni aun en los días trágicos del combate de Verdún. En el Perú todo es paz. Todo es tranquilidad.
         Y entre los diputados el discurso producía tranquilas y apacibles impresiones. Algunos como el señor Román, como el señor Becerra, como el señor Alva (don Arturo) y como otros más, se dormían arrullados por la palabra del señor Riva Agüero. Otros como el señor Torres Balcázar, hacían gallitos de papel y los paraban en fila sobre sus carpetas. Otros, como el señor Carrillo, militaristas y guerreros, se indignaban ante las seguridades de paz que decía el orador.
         Solo hubo un incidente. Una interrupción de un diputado de la minoría para rectificar cierto concepto indiscreto del señor Riva Agüero.
         Y por lo demás, calma completa.
         Los diputados oían el discurso del señor Riva Agüero con la misma cara que ponen los chicos cuando oyen contar un cuento al abuelito. Y cuando el cuento no es de aparecidos ni de guerra, sino de encantamientos y de hadas buenas.
         Y el señor Macedo se dormía. Había oído acerca del discurso del señor de la Riva Agüero a un diputado maledicente:
         —¡Música celestial!
         Y el señor Macedo, que no transige con la música ni aun cuando es celestial, se indignó de manera terrible y dijo:
         —¿Música? ¡Protesto!
         Y se hizo dos pelotillas de papel. Y se puso una en cada oreja. Y se quedó dormido.

Congoja  

         Estamos afligidos. Nos creíamos modestos. Nos creíamos pequeños. Nos creíamos humildes. Pero ahora ya no sabemos qué creernos. Una declaración tremenda del señor Riva Agüero en la sesión secreta de ayer nos ha descorazonado por completo. Ahora nos creemos más chicos. Nos creemos chiquititos. Somos tan insignificantes que habrá que buscarnos con microscopio un día de estos.
         Y no podemos pensar de otro modo. El señor Riva Agüero, desdeñando a los periódicos que se han atrevido a comentar desfavorablemente el cambio del ministro en Washington, ha dicho que el New York Herald, que el World, que el Sun, que todos los grandes diarios yanquis, que todos esos rotativos de innumerables páginas— de los cuales lo más que podíamos pensar los irrespetuosos es que son un poco rastacueros —resultan unos periódicos de cuarta clase. Ni más ni menos.
         Y nosotros que, humildemente, nos esforzamos por ser lógicos, pensamos que si el New York Herald, que si el World, y que si el Sun son periódicos de tan ínfima calidad, nos acongojamos al pensar en el calificativo que para nosotros tendrá el señor Riva Agüero. El señor Riva Agüero se siente tan grande, tan alto, tan elevado, que mira a todos los rotativos “arrasca cielos” de Washington y New York a la altura de una hormiga. Y desde la cúspide de su posición majestuosa y olímpica les avienta, hecho una pelotilla, un pliego de interpelaciones.
         Su señoría se exhibe despectivo y orgulloso como nunca lo imaginamos. Y es cosa de ponerse a meditar seriamente si su actitud denunciará un contagio de la magnífica aristocracia del señor Pardo. Acaso el señor Riva Agüero se siente ya un poco señor Pardo. Acaso el señor Riva Agüero comienza a imitar al señor Pardo. O acaso, como un observador sutil nos insinúa, a quien imita el señor Riva Agüero no es al señor Pardo sino al señor Mac Adoo. Lo admira desde que le conoció a bordo de un crucero yanqui.
         Pero, el señor Riva Agüero se equivoca entonces en la imitación. Porque el señor Mac Adoo no es canciller sino ministro de hacienda. Y a quien le toca imitarlo es al señor García y Lastres…

Anticipo  

         Anoche ofreció un banquete a sus amigos de la cámara de diputados el señor ministro de guerra. El señor ministro de guerra está en vísperas del generalato. Y el señor ministro de guerra quiere decirles su agradecimiento a los diputados con toda anticipación. Ha sido la suya una anticipación previsora. Y estratégica. Como que es el ministro de guerra y generalísimo de todos los soldados peruanos, que no sabemos bien cuántos son desde que el coronel Puente los preside o capitanea.
         Hubo hasta once diputados en torno de la mesa del señor ministro de guerra, de los cuarenta que fueron invitados. Pero el ministro no se descorazonó y tuvo para todos muchas atenciones y muchas gentilezas. Son atenciones y gentilezas que le va aprendiendo el señor ministro de guerra al señor Pardo, dueño y señor de todas sus admiraciones según él afirma en público. Nosotros no tenemos por qué intervenir en las cosas que el señor ministro de guerra afirme en privado.
         Algunos de los representantes invitados se abstuvieron de concurrir por puntillos de delicadeza. Puntillos de delicadeza que son de lo más exagerados como comprende el lector. Esos invitados abstencionistas dijeron así:
         —Se va a decir que el coronel Puente ha convencido nuestro voto en el banquete.
         Y se indignaron, por supuesto.
         La fiesta del señor ministro de guerra fue gentil y alegre. El coronel Puente no es precisamente un tipo de gran capitán como el coronel Sarmiento, su amigo y aliado. Es más bien un tipo de estratega. Y es también un tipo de triunfador. La fortuna se ha hecho para él y se le entrega con liviandad extrema. El coronel Puente que llegará a ser un conquistador en achaques de guerra, sabe serlo en achaques de fortuna. Y en achaques de fortuna que cuando no tienen por teatro el recinto solemne de una cámara, es porque tienen por teatro un comedor elegante del Club de la Unión…


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 17 de agosto de 1916. ↩︎