1.3. Escena perdida

  • José Carlos Mariátegui

 

         1Podría quedarse el señor Riva Agüero. Podría quedarse el señor Puente. Pero quien no podría quedarse de ninguna manera en el ministerio es el señor Menéndez. El señor Menéndez es candidato a una representación y ha resuelto volver a sus labores de abogado, catedrático, representante y miembro del bloque chico. Acaba de avisar a la Universidad su vuelta a la cátedra de Derecho Peruano para que no se le nombre sustituto. El señor Menéndez ha dicho lacónicamente:
         —En agosto, estaré entre vosotros.
         El señor Menéndez es, antes que político, catedrático. La didáctica lo cautiva y lo pierde. Cuando actúa en el parlamento o en el congreso, se empeña siempre en aplicarla. Opina que la pedagogía y la política parlamentaria tienen íntimos puntos de contacto. Y es así como en su cámara parece más un maestro de colegio que un orador político. Un discurso suyo, más que discurso parece una lección universitaria. Le pasa lo contrario que al señor Hildebrando Fuentes, que deja en las gradas de mármol del Palacio de Gobierno sus atributos de profesor de metafísica.
         El señor Menéndez, como político, es conciliador y discreto. Su eclecticismo de profesor se lo aconseja así. No transige con las actitudes violentas ni con los grupos exaltados y combativos. Le gusta estar siempre en el centro, en el ombligo de la política. Jamás en sus extremos. Por eso, cuando al lado del señor Leguía se formó un grupo resuelto de civilistas y frente a él otro grupo resuelto también de bloquistas, el señor Menéndez se puso en el bloque chico. No podían llamarlo bloquista. Tampoco podían motejarle leguiísta. El señor Menéndez se había colocado al margen de la lucha. Y todo el mundo decía de él:
         —Es muy ecuánime. Es muy sereno. Es muy tranquilo. Es una alhaja.
         Y como al señor Menéndez no le agradan las situaciones de violencia, de lucha, hace recientes días, apenas tuvo noticia de que el señor Celestino Manchego Muñoz, pretendiente hostilizado de una diputación de Huancavelica, estaba cobijado por el ala paternal de sus correligionarios constitucionales, se apresuró a visitar al general Cáceres para evitar o suavizar un posible desagrado del jefe nato de La Breña. Y le dijo cortes es cumplidos, le preguntó por su salud, le habló de la estación, del frío y de las enfermedades. El general Cáceres lo escuchaba imperturbable y seco. Y el señor Menéndez abordó luego su tema. Y dijo que todo lo que se había hecho con el señor Manchego era puro juego, pura mataperrada. Y que el señor Manchego Muñoz constitucional, tenía que ser una preciosura para los ojos del régimen y de su ministro.
         Pero el general Cáceres no quiso oír la explicación. Sintió que renacían en su espíritu sus arrestos de soldado. Se puso de pie, marcial, arrogante y heroico. Y gritó con voz de mando:
         —¡No quiero saber nada!
         El señor Menéndez intentó la réplica, pero el general Cáceres la evitó con otra frase cortante y definitiva.
         El señor Menéndez hizo una reverencia y se fue consternado.
         Y el general Cáceres, se abandonó silencioso en su sillón, tosió secamente y pidió a voces su gorro casero. Habían durado un segundo los arrestos extinguidos del militar y del héroe…

Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 18 de julio de 1916 ↩︎