3.4. Un incencio a medianoche

  • José Carlos Mariátegui

Interesante proceso de la catástrofe criolla1
 

                       Incendio. –francés, incendie. –inglés, fire. –alemán, brandt flamme leidenschaft. –italiano, incendio. –Fuego grande que abrasa edificios, mieses, etc. –Fig. Afecto que acalora y agita el ánimo. (Este término figurado, como comprende el lector, solo se emplea dentro de la más ínfima cursilería). Diccionario Pai-las-N. de la R. En criollo se llama al incendio, quemazón.

         Las gentes limeñas suelen ser despertadas a media noche por las estrepitosas y alarmistas manifestaciones del incendio metropolitano. Cuando tal cosa ocurre, las hay honestas y reposadas que son interrumpidas en la placidez de su sueño y se incorporan en la cama, prenden la luz y miran el reloj para constatar la hora del siniestro y poner en duda al siguiente día la autenticidad de las informaciones periodísticas: las hay más curiosas y precipitadas que se avientan de la cama para aguaitar por el balcón o la ventana el paso de las bombas y de los granujas; las hay abnegadas y nocherniegas, que colaboran en el arrastre de los gallos vocingleros; las hay inútiles que obstruyen la labor de los esforzados y cosmopolitas bomberos; las hay, investigadoras y obedientes a un deber periodístico, que inquieren la magnitud del siniestro, la cantidad del seguro y el “origen del fuego”; y las hay, enfermizamente artistas, que asisten emocionadas y gozosas al espectáculo de las llamas y de la devastación.
         Pero, en general, un incendio conmueve a todas las gentes de la ciudad, a menos que pertenezca a la ínfima categoría que los cronistas denominan “amago” y que comprende todos los casos de “quemazón” de un baúl inmundo, un colchón, una estera o un lecho antihigiénico y combustible. Como Lima es una ciudad tan chica, no es posible que se queme una casa en Monserrate sin que se enteren de tal suceso las gentes del Carmen Alto y Cocharcas. Toda la psicología de esta ciudad, vocinglera, chismosa, murmuradora e inquieta, se manifiesta igual en el instante trágico de una catástrofe que en el instante trascendental de una revolución. En Lima, todo es pitos, campanadas, pregones, vítores, cañonazo de las doce del día, banda de músicos, corneta de heladero y alboroto cotidiano y habitual.
         Y el incendio ha de ser nocturno para que sea emocional, interesante y trágico. El fósforo que arrojara distraído un individuo imprudente, el pucho de cigarro indiferentemente olvidado, el cruce eléctrico, la alevosa conspiración de las cenizas de un brasero, necesitan forzosamente de la complicidad de la noche para determinar la destrucción y el daño. En el día, todas las fuerzas trágicas y malignas de la naturaleza se sienten cohibidas y acobardadas. Pasaron ellas lo mismo que pasa con el alma delincuente, en la cual la noche solivianta todos los ímpetus y excita todas las tentaciones.
         Y es así cómo el fósforo inservible que se apaga cobarde en el día, se torna amenazador y avieso en la noche; es así cómo el pucho miserable y tímido en el día, representa una acechanza y un peligro en la noche; es así cómo el cruce eléctrico que se encuentra vigilado e insignificante en el día, se agita y amenaza en las noches; es así cómo las cenizas del brasero que están en el día bajo la avizora y zafia mirada doméstica, se rebelan, excitan e inquietan en la noche.
         La noche lleva en sí una incalculable cantidad de estímulos y complacencias misteriosas para el delito, para el pecado y para el mal. Y también para la sorpresiva, bulliciosa e inquietante “quemazón” criolla.

El incendio. 1 de la madrugada.
Mi amigo H. y yo, nocherniegos,
escribíamos.
 

         La una de la madrugada. Mi amigo H. y yo escribíamos en un grande y silencioso salón de la imprenta. Es el salón más vasto que hay en ella. Y es también el más silencioso y sonoro. A las 12 de la noche, mi amigo H. y yo habíamos salido del teatro. Algunos minutos después habíamos bebido un refresco en el Palais Concert. En el Palais Concert, nos habían hostigado los chistes y necedades conque pretendían requerir nuestra atención personas amigas pero desocupadas, irrespetuosas y frívolas, que aplaudieron con estrépito a la incolora orquesta que tocaba el “Marchosito”. Estas gentes no habían respetado el silencioso y reflexivo recogimiento con que nosotros habíamos bebido nuestros ice cream soda.
         Mi amigo H. escribía en una máquina Underwood que en muchas ocasiones utilizamos para la expresión metódica o inconexa de nuestras ideas. Y, aunque parezca cosa grave y anacrónica, empleando una máquina prosaica y yanqui escribía versos del más complicado y romántico lirismo. Yo también escribía versos, empleando un vulgar lapicero mordisqueado en su cabo muchas veces por un amigo inquieto y neurasténico. El teatro argentino y el ice cream soda, así parezca poco comprensible, nos habían inspirado, sin duda alguna.
         Sonó una pitada policial. La identificamos pitada de incendio. Y comprobamos enseguida, permaneciendo atentos a las modulaciones de ella, que el incendio se había producido en el cuartel primero.
         Nos asomamos al balcón de la imprenta y vimos a ciertas gentes de diversas y abigarradas fachas que corrían velozmente. Como en Lima se ve correr a las gentes siempre que hay un incendio, así este se realice en lugar muy apartado, no nos parecieron tales carreras, un indicio de vecindad del siniestro.
         Y tornamos a nuestro escritorio. El ruido de la Underwood volvió a aturdirnos a los dos.
         Pero se hicieron más intensas las manifestaciones bulliciosas del incendio. Los pitos de los celadores insistieron con suma pertinacia. Las campanas de los templos vibraron acompasadas y trágicas, cual vibraran en épocas lejanas en que los filibusteros asaltaban las ciudades porteñas y en que los forajidos se escapaban de las cárceles y tocaban “a rebato”.
         Y nos asomamos nuevamente al balcón. Vimos entonces rojizo el cielo y cercano el humo. Esto nos decidió definitivamente a salir en busca del incendio.


Nosotros reconstruimos el proceso
de la catástrofe. Antes, la policía, el
agua y los gallos nos habían impor-
tunado y ofendido.
 

         En la puerta de la imprenta nos noticiaron que el incendio se realizaba en la calle del Lescano. Cuando nos hallábamos inmediatos a ella, la policía tuvo la lamentable incomprensión de suponemos “curiosos” y de pretender atajarnos. Esto nos pareció arbitrario y torpe. Nuestra indignada protesta nos sirvió para moderar el prejuicio de la policía y conseguir acercarnos a la calle del incendio.
         A lo largo de la calle de la Merced, por la cual nosotros avanzábamos, operaba cierta tropa de bomberos. Unos azuzaban el fuego del “gallo”, máquina de lo más estrepitosa y alarmista. Otros desenrollaban unas mangas pesadas como boas dormidas. Otros dispendiaban el agua de un grifo. Otros corrían de un lado a otro.
         Era aquella una confusión babelesca que nos hacía perder por completo la sensación de la catástrofe. Nosotros habríamos pretendido que toda esta tropa de bomberos abnegados, que toda esta policía vigilante e incomprensiva, que todos estos curiosos impertinentes y comentadores, se alejasen, dejasen al incendio en libertad de acción y nos permitiesen a nosotros apreciar las modificaciones del siniestro desde la esquina de Smart, que encontrábamos en ese instante muy propicia y conveniente.
         Pero nuestro deseo no podía ser entendido por todas estas gentes empeñadas en cohibir los derechos de vida del fuego y que con sus trajines amenazaban atropellarnos y ofendernos.
         Y desde la esquina de Smart quisimos reconstruir el proceso del siniestro de esta manera:
         Esta calle estaba silenciosa. En una esquina meditaba un cachaco. En la otra, dos amigos se repetían que las exigencias de sus oficinas respectivas los iban a obligar a dormir muy pocas horas. Y bostezaban antes de despedirse y seguir las divergentes direcciones de sus casas. Por fin, se despidieron. Un transeúnte con frío, caminaba por una de las aceras de la calle. Advirtió entonces que de un establecimiento de ferretería salía humo. Comprendió que se trataba de un incendio y dio voces. Acudió el cachaco. Acudió un mayor de guardias. Las pitadas, que nos habían interrumpido a mitad de un espontáneo y generoso hemistiquio, sonaron entonces. Luego sonaron las campanadas de las iglesias. Sacristanes sonámbulos habían subido a las torres para tocar automáticamente las campanas. Los bomberos comenzaron a concentrarse en sus cuarteles. Casi todos eran interrumpidos en su sueño y se echaban a las calles mal vestidos y presurosos (Los bomberos son gentes abnegadas que pagan cotizaciones, se imponen vigilias, echan agua, se uniforman y tienen la única compensación de vestirse de parada en días de festividad pública y asistencia institucional). Después el fuego se hizo visible. Los vecinos se despertaron con alarma. Llegaron las bombas. Funcionaron los grifos. Y la situación se hizo tal como la encontramos nosotros en este momento.
         Las llamaradas se elevaron crispadas y nerviosas sobre los techos de la casa incendiada. El cielo proyectaba sobre la esquina sombría una luminosidad caliente. Había un acre olor a tizón. El humo hacía veleterías siguiendo las insinuaciones veleidosas del viento. Nosotros volvimos a indignarnos de que se pretendiese cohibir la libertad del siniestro y de que las mezquinas fuerzas de los grifos, de las mangas, de los “gallos” y de los bomberos se permitiesen luchar contra las grandes fuerzas trágicas de la naturaleza estimuladas por la complicidad de la noche. Esto nos parecía sumamente ridículo. Habríamos querido explicárselo a todas las tumultuosas gentes que junto a nosotros se agitaban. Pero prontamente comprendimos que nuestro empeño habría sido semejante en ineficacia y necedad al suyo.


Teoría razonable. El incendio
nace y muere sujeto a determinacio-
nes fatales. Los hombres no pueden
sojuzgarlo ni intimidarlo.
 

         Las llamas se crispaban magníficas. El olor a tizón se acentuaba. Era un olor caliente que parecía empeñado en hostilizarnos. Los bomberos azuzaban el fuego de sus “gallos”. Nosotros nos dimos cuenta de que era muy original y contradictorio que para combatir el fuego de un incendio fuese preciso azuzar otro fuego. Sin el fuego de los “gallos” no es posible conseguir que el fuego de la catástrofe disminuya. Y los bomberos necesitan estimular el pequeño y esclavo incendio de sus máquinas para abatir el incendio majestuoso y destructor. Y aquél se alimenta de carbones mercenarios mientras este hace su combustible de edificios y palacios. Se diferencian, pues, trascendental y significativamente.
         Y nosotros teníamos simultáneamente un mismo pensamiento. Sin decírnoslo lo sabíamos. Pensábamos nosotros que es inútil, vanidoso y necio, que los hombres traten de sojuzgar a los incendios. Un incendio estalla contra la voluntad de los hombres. Es un acontecimiento rebelde y arbitrario. No puede, pues, terminar de acuerdo con la voluntad de los hombres. Juzgar que un incendio es como una montonera, que las gendarmerías y guardias civiles debelan y reprimen, es irrespetuoso y osado. Cuando un incendio termina brevemente, no es que los hombres lo hayan intimidado y reducido. Es que este incendio no debía durar más. Las fuerzas trágicas de la naturaleza han determinado su duración precisa e inexorable y esta duración no puede ser contrariada por el empecinamiento de los ejemplares ciudadanos que combaten el fuego. Nuestra teoría es fatalista y proclama la inutilidad del esfuerzo. Califica la acción de los bomberos como un vano y quijotesco simulacro. Y define que un incendio termina tan solo cuando se exhausta y languidece espontáneamente.
         Las mangas de agua comenzaron a funcionar activamente. El fuego, parecía sentirse estimulado y soliviantado. Surgían copiosas columnas de humo. El olor de tizón se trasformaba. Simulaba humedecerse. En un balcón cercano se agrupaban gentes azoradas.


Cena tenebrosa. —Divagaciones—
Lomito saltado, papas fritas, café
con leche y graves filosofías.
 

         Nosotros nos dimos cuenta de que era difícil prever la hora en que terminaría el incendio.
         Un bombero a quien interrogamos con fingida ingenuidad, nos dijo:
         —¡Quién sabe!
         Y nosotros comprendimos que este era un bombero razonable. Tentaciones tuvimos de explicarle nuestra teoría, pero nos detuvo el temor de que no quisiera detenerse para escuchar nuestra frase y nos abandonara para coger una manga.
         Volvió a nuestro ánimo la impresión de que el incendio terminaría espontáneamente.
         Y nos preguntamos:
         —¿A qué hora tendrá este incendio propósito de terminar?
         Tuvimos la mala suerte de que un curioso nos escuchara. Y nos sentimos absolutamente seguros de que nos compadecía. Nosotros le despreciamos.
         Inquirimos qué hora era. Se nos respondió que las 2 y 30 de la mañana. Y pensamos en la conveniencia grosera pero explicable de cenar. Hacia un oscuro y sigiloso café y restorán nos dirigimos. Otro amigo se sumó a nosotros. Y entre los tres hubimos de poner esforzado empeño para lograr que un mozo del café nos abriera. El café tenía un interior tétrico. Había sido cortada la luz eléctrica. En un rincón sospechoso como un rincón de bodega, junto a una pipa sucia y renegrida y en torno de una mesa temblona, nos situamos. Un mozo puso sobre la mesa una vela de coche, ajustada a una botella. La flama de la vela oscilaba y humeaba como la gran flama del incendio.
         Preguntó el criado —cholo, acucioso y servil— qué clase de vianda, aderezo y bebida preferíamos. Nosotros se la indicamos y sentimos hipnotizadas nuestras miradas por la flama tornadiza de la vela.
         Y meditamos.
         Luego nuestra conversación fue así:
         —Yo tengo la sensación de que toda la ciudad está ardiendo.
         —¿Será posible que toda la ciudad esté ardiendo?
         (Carbonizado, el pabilo de la vela se tronchó súbitamente).
         —Nosotros, con este pabilo cuya lumbre parpadea, podíamos hacer un incendio y consternar a la ciudad. Es, pues, muy fácil consternar a la ciudad. Un pabilo basta.
         —Grande y morboso placer debe ser el del incendiario.
         —Yo me explico a Nerón.
         (El criado colocó sobre la mesa las viandas de la cena. Callamos. Y comimos).
         —El incendio ha sido desde la más remota antigüedad siniestro y salvaje placer de los hombres. Los ejércitos vencedores incendiaban las ciudades vencidas.
         —Exacto. Hasta ahora se conserva la misma brutal costumbre. La practicaron el califa Omar en Alejandría y el general Baquedano en Chorrillos.
         —Ambos fueron grandes y aviesos bárbaros.
         —Y los grandes incendios pueden determinar vulgares dichos populares que muchos siglos más tarde repiten las zarzuelas. Los griegos quemaron Troya. Y aún se repite con ruin gracejo: “¡Aquí ardió Troya!”.
         (La vela hizo una gran flama. Se agitaron sombras epilépticas en el techo. Los tres tuvimos miedo, como si presintiéramos que la vela tuviese la intención de producir un incendio).
         —Hay incendios serviles. Son los incendios que hacen los hombres con fines industriales. A esos incendios no les temen y no les combaten.
         —Cierto. Esos incendios son, en relación a estos otros audaces y espontáneos, lo mismo que los animales domésticos en relación a las fieras indómitas.
         —El incendio, cuando se presta a fines de comercio e industria, renuncia a todos sus atributos nobles y grandiosos de tragedia y destrucción.
         —Es, entonces, un incendio claudicante.
         —Porque el incendio es magnífico. No se concibe la guerra sin el incendio.
         —Y el fuego es divino. La Iglesia Católica habla del fuego del infierno y del fuego del purgatorio. La Biblia santifica el fuego. Jehová destruyó las ciudades culpables de Sodoma y Gomorra con una lluvia de fuego. El fuego purifica los sacrificios de todas las religiones. El fuego es santo.
         —¿Por qué entonces los hombres aseguran sus inmuebles en previsoras empresas anónimas?
         Silencio. La flama de nuestra vela sigue hipnotizándonos. De fuera llega aún el bullicio de las bombas, de la policía y de las campanas. Mientras nosotros cenamos, hay una tragedia a muy pocos pasos, y hay muchos hogares en angustia e inquietud.
         —Y el incendio es valiente y audaz. Suele destruir los vapores, desafiando al indignado tumulto de las aguas enemigas.
         —Antes quemaban a los hombres vivos.
         —Mas, cuando los hombres eran listos y puros como los hermanos de Daniel, burlábamos del fuego y de Nabucodonosor.
         Y luego cesó el diálogo. Nuestra cena había terminado. Pagamos y salimos a la calle. El incendio seguía indomable y majestuoso. A veces se solapaba hipócrita y burlonamente. Pero, los bomberos, avezados a estas felonías, no se dejaban engañar. Y el incendio volvía a tornarse amenazador e intenso.
         La calle por la cual avanzábamos estaba inundada. Nuestros pies se mojaron en los charcos. Comprendimos que, cuando ocurre un incendio, es el agua más mortificante e intrusa que el fuego. Nosotros lo estábamos constatando. El fuego no nos había mortificado a nosotros en lo menor. Apenas si su reflejo caliente y su olor a tizón húmedo nos lo había hecho sentir cercano y amenazante. En cambio, el agua nos salpicaba, nos entumecía y nos hacía tiritar.


El incendio rebelde. Terminó cuan-
do su fatiga se lo impuso. Y fue la
suya, por mucho rato, no la muerte
sino la catalepsia.
 

         La madrugada. Amanecía. El incendio se cohibió con el día. Sintió celos al advertir apocada su luminosidad. Y avergonzado, se atenuó. Los bomberos que exhibían a la luz de la mañana deplorables fachas, no se cohibían ni avergonzaban. Y seguían echando agua con encarnizamiento al incendio agonizante. El incendio terminaba espontáneamente conforme a nuestra teoría y a nuestra observación.

*
*   *

         Muchas horas más tarde, el incendio seguía aún latente. No había sido suya la muerte sino la catalepsia Mi amigo H y yo, que habíamos descansado en nuestras casas largas horas, volvimos a encontrarnos ante las ruinas. Era otra vez de noche. En un último instante de vida, en una última rebeldía, el incendio reaccionaba. Su agonía tenía un último gesto de poderío y majestad. Y los hombres se acobardaban ante su amenaza.
         Nos alejamos de las ruinas. Y nos dijimos:
         —¿No le ha hecho daño a usted el agua de anoche? Yo tengo aún frío en los pies.
         —Me ha enfermado el agua. El agua es traidora.
         La última humareda se hacía vigorosa. Y tornaban a sonar con estrépito los pitos de los policías, las campanas de los templos y la algarabía de las bombas.
         La noche amparaba el último estertor del incendio.

JUAN CRONIQUEUR


Referencias


  1. Publicado en El Tiempo, Lima, 10 de agosto de 1916. ↩︎