2.5. Como mato Wilmann a "Tirifilo"

  • José Carlos Mariátegui

 Conversando con el victimario en el Hospital ‘Dos de Mayo’1  

         La muerte de Tirifilo ha sido, sin duda, uno de los hechos más sensacionales de nuestra crónica del delito, en los últimos tiempos.
         Este tremendo combate entre dos héroes de la chaveta y del box criollo, que ha tenido en medio de su ferocidad ribetes de justa caballeresca, ha reclamado toda la atención del público y se ha destacado sobre las vulgaridades de los hechos de sangre que cotidianamente consigna la prensa.
         Recogidas por los cronistas y la policía, se han publicado distintas versiones sobre los antecedentes del suceso y sobre el suceso mismo, que no resultan del todo claras y completas.
         Por esto, la de Emilio Wilmann, Carita, que ofrecemos a continuación, tiene especialísimo interés, aparte del que necesariamente ha de prestarle su carácter de relato de uno de los actores de la sangrienta tragedia.


‘Tête-à-tête’ con Carita  

         En busca de la versión de Emilio Wilmann, Carita, fuimos al hospital Dos de Mayo.
         Wilmann se asiste en la sala de San Luis y ocupa la cama Nº 14.
         A su lado vigila un inspector de crucero.
         El aspecto de Carita no denota el estado de suma gravedad que podía atribuírsele, dada la magnitud y número de heridas que en el combate con Tirifilo recibiera.
         Aunque la fiebre no le abandona, se advierte que mejora.
         Habla sin fatigarse, en voz baja.
         Al informarse del objeto de nuestra visita, no muestra extrañeza alguna. Parece que nos esperara. Y se allana a responder a todas nuestras preguntas. Todas. Él, que es “un hombre formal” desea que se sepa la verdad. Va a decírnosla…


La “verdad” sobre los antecedentes  

         Carita no está de acuerdo con las versiones que sobre los antecedentes del suceso se han dado a la prensa. Mucho menos con los que se refieren a su persona. Son “versiones injustificadas”, nos dice.
         —¿Es cierto que usted buscó a Tirifilo para desafiarlo?
         —No, señor. Es inexacto. Yo estaba con otros amigos en la pulpería de la esquina del Chalaco, cuando él llegó. Yo no lo he buscado. No tenía motivo…
La respuesta del victimario nos sorprende:
         —¿No tenía usted motivo?…
         —Ninguno, señor.
         —¡Cómo! ¿Y la enemistad que le guardaba a usted de antiguo?
         —No es cierto, señor.
         —¿Que no es cierto? ¿No tuvieron ustedes causa de desavenencia por mujeres, según dicen?
         —Fantasías. Invenciones de la gente que no sabe qué acumularle a uno. Son “decires sin comentario”…
Por poco no soltamos la risa. Nos contuvimos a duras penas. A pesar de todo, nos sonreímos un poquito.
         —Hubo, sin embargo, algún disgusto reciente entre Tirifilo y usted.
Recuerde, hombre. A ver…
         —Pero no de los que se supone…
         —No ve usted…
         —Fue, que, para año nuevo, por no sé qué cosa sin importancia, Tirifilo me mandó preso y me tuvo quince días en la intendencia.
         —Ajá. ¿Pero tenía influencia para conseguirlo?
         —¡Claro! Si el difunto era soplón…
         —¿Y después, no tuvieron ningún pleito?
         —Nada, señor. Hasta el domingo que… ya ve usted…


En la esquina del Chalaco…  

         Pedimos al herido los detalles del hecho. Todos. Desde que Tirifilo y nuestro interlocutor se encontraron en la mañana del domingo 3. Wilmann comienza a responder a nuestras preguntas.
         —Como ya le he dicho a usted, a poco más de las 7 de la mañana del domingo, yo estaba en la esquina del Chalaco con otros amigos, bebiendo unas copas. Fue entonces que llegó Tirifilo.
         —¿Luego, usted no lo buscó en lo absoluto?
         —¿No se lo he dicho ya? Eso es una invención de tantas.
         —Bueno. Llegó Tirifilo, ¿y luego?…
         —Luego nos pusimos a conversar tranquilamente hasta que, a uno que ahí estaba, también, se le ocurrió recordar un pleito entre otros dos por motivo de no sé qué cosas que había hablado el Tirifilo.
         —¿Sabe usted cómo se llamaba ese individuo?
         —No, señor. Este recuerdo parece que no le gustó al Tirifilo, que se puso a decir, sin más ni más, que todo lo que él decía lo sostenía como hombre en cualquier terreno. Y de allí vino que entre los dos comenzase la gresca Yo intervine, para apaciguarlos: “Ya está, pues. No hay que seguir con lo mismo. Vamos a tomar una copa”. Y sirvieron la copa y la bebimos.
         —¿Tirifilo también?
         —No, Tirifilo, no. Seguía molesto y no quiso tomar.


El desafío  

         Yo, que tercié en la discusión ajena, me eché encima su cólera. Y poco a poco, la cosa fue subiendo de tono; hasta que me dijo que él era muy hombre y que con él nadie se metía…
         —¿Y usted qué le contestaba?
         —Yo, señor, sin hablar con él casi para nada. Pero no me iba a quedar callado. Y por fin, me dijo: “Vamos a pelear”…
         —¿Usted aceptó?
         —Claro. Vamos, pues, le dije. Y él me contestó: “Es que contigo tengo que pelear a cuchillo”. —Como quieras, le contesté. Y fuimos, pues, señor.
         Wilmann se calla un momento, como para dejarnos que admiremos su resolución y valor al aceptar el desafío de un hombrazo como Tirifilo. “No podía ser de otro modo. Lo desafiaron y no se iba a quedar atrás”.


El duelo  

         Prosigue su relato, instado por nuestras preguntas.
         —Y fuimos, sí, señor. Tirifilo se trajo “su arma”. Yo fui por un saco de alpaca, que después lo recogieron y llevaron a la intendencia, según me dicen.
         —¿Y el “arma” de usted?
         —Yo la tenía conmigo, señor.
         —Ajá. ¿Había mucha gente con ustedes?…
         —Algunos amigos y otros hombres que curioseaban…
         —¿Y después?
         —Después, peleamos, pues, señor…
         —Bueno, pero los detalles del lance. Queremos alguno…
         Wilmann no sabe relatarnos bien el duelo. De sus pocas frases, sacamos en limpio que debió ser la escena más emocionante y trágica. Ambos contendores, tapándose con el brazo izquierdo, cubierto por un saco, se acometieron múltiples veces, asestándose golpes cuya certeza sabían evitar. Las puñaladas se sucedían y los combatientes no lo advertían casi…
         —¿Qué tiempo duraría el combate?
         —¿Qué tiempo? Veinte minutos, serían…
         ¡Veinte minutos! ¡Se imagina el lector duelo más sangriento, crispante y terrible que este en el cual dos héroes de la chaveta, sin reparar en alevosías, se acometieron durante veinte minutos a cuchilladas!


¡De una vez! ¡A ver cuál muere, Tirifilo!  

         Carita sigue su relato después de una pausa. Pero no es una pausa que impone la emoción del recuerdo, sino el cansancio físico que le causa su delicado estado. Carita reconstruye fríamente las escenas del suceso. Sin inmutarse, inalterable, tranquilo. Pero, eso sí, ya lo oiréis de sus labios: él es “un hombre formal”. Y tan formal. “A mucha gente le consta…”.
         El combate se desarrolla con creciente violencia Los ánimos de los duelistas fueron excitándose gradualmente. Era Wilmann el que llevaba la peor parte. Los golpes de Tirifilo resultan casi siempre certeros y solo el valor y el conocimiento de su contendor podían en mucho librarlo de ellos. Con seis cortes en el cuerpo, graves algunos, y con un tajo tremendo cerca de la muñeca de la mano izquierda. Wilmann seguía luchando.
         —¿Y no le debilitaban las heridas y la hemorragia? ¿No sentía usted el dolor?
         En el rostro de Wilmann se ha esbozado una ligera sonrisa. Apostaríamos a que se compadece de nosotros y que se espanta de nuestra pregunta.
         —¡Qué, señor! Yo no sentía nada. La cólera no lo deja sentir a uno. Ya ve usted, tenía seis cortes, y como si nada. ¡Tiraba cada golpe!…
         Esta vez su gesto es casi orgulloso. Y continúa:
         —Sí, señor. Yo estaba fuera de mí. Furioso… y cuando uno está así… tan “caliente” no se acuerda de las heridas. ¡Qué iba a dolerme nada! Pero siempre me daba cuenta de mi estado. Me vi todo bañado en sangre y creció mi rabia. Entonces le dije a Tirifilo: “¡De una vez, Tirifilo”! ¡O yo te mato, o tú me matas! ¡A ver cuál muere!”. Todo esto en pleno combate…
         —¿Y Tirifilo contestó…?
         —Qué bueno. Lo mismo que le propuse: “Claro, o yo te mato o tú me matas”. Y así seguimos. Tirifilo me dio un corte en la cara: este que ve usted.
         Y Carita nos señala un tajo a medio cicatrizar, que tiene en la mejilla izquierda y que cubre un esparadrapo.
         —Este corte aumentó mi rabia. Me volvió loco…


El chavetazo final  

         …y le asesté un golpe a Tirifilo, con todo ímpetu. Tirifilo lo esperaba e hizo un movimiento para esquivarlo. Había fallado, pero Tirifilo por poco se resbala, y necesitó un esfuerzo para no perder el equilibrio. Yo lo ataqué entonces. Fue la definitiva… Ahí no más cayó el hombre… Y apenas me pudo decir: “Me has matado…” Quiso sacar su revólver y matarme de un tiro, pero no tuvo tiempo…
         Carita se calla. Nosotros imponemos una tregua a nuestras preguntas, casi sorprendidos. Esperábamos que Carita sufriera alguna emoción por ligera que fuese o que tratara de disculparse en algo. Pero, nada. Para él es la cosa más natural. Lo habían desafiado. Peleaba. Pudieron matarlo. Lo protegió la suerte y él aprovechó para asestar una cuchillada a su contrario. ¿Lo mató? Bueno; con él pudo pasar lo mismo.
         Vuelve a hablar, sin que le interroguemos:
         —Ya ve usted, señor, cómo han sido las cosas. El otro también pudo matarme. Este puntazo que tengo en la tetilla derecha (nos lo descubre), por causalidad no fue más hondo. Y si entra un poquito, muero ahí mismo. Asimismo, estoy todo cortado…


Carita, un hombre formal…  

         Proseguimos nuestro interrogatorio:
         —¿Cuántos años tiene usted?
         —Veinticuatro.
         —¿Tiene usted familia?
         —Sí, señor. En el norte de la república y en el Uruguay.
         —¿Hacía mucho tiempo que conocía usted a Tirifilo?
         —Cómo no. Siete años, más o menos. Pero nunca tuve intimidad con él. Un conocido no más…
         —¿Y en qué se ocupaba usted?…
         Habíamos reservado para el final esta pregunta. La habíamos guardado de propósito.
         Carita nos contesta inmediatamente:
         —Soy ebanista. Trabajo con mi hermano.
         —¿No frecuentaba usted el trato de gentes como Tirifilo… como las que trataban con Tirifilo?…
         —No, señor. También esas son invenciones… Yo soy un hombre formal. Muchas personas pueden responder por mí. He trabajado siempre y me he ganado el pan honradamente. Y aquellos a quienes he servido pueden garantizar mi conducta.
         Carita se defiende por primera vez, durante nuestra entrevista. No quiere que se le crea un mal hombre, un vago. Sostiene que no se tiene fundamento, cuando así se afirma.
         Le preguntamos por su estado. Nos contesta que no lo deja la fiebre, y que en la noche le sube hasta 40 grados. Y salimos enseguida. El olor de la sala llena de enfermos nos marea. Y el interrogatorio nos ha cansado a nosotros más que a Emilio Wilmann, que sigue inalterable y sereno y hasta ha tenido un gesto risueño para despedirnos…

Referencias


  1. Publicado en La Prensa, Lima, 6 de mayo de 1915. ↩︎