2.6. Amid Bey

  • José Carlos Mariátegui

 

         1Amid Bey, el crack glorioso del stud Rosicler, miraba por la ventanilla de su stud que un descuido de su cuidador, había dejado abierta. Su largo cuello y su cabeza erguida salían del box y parecían otear curiosamente fuera.
         Era el medio día. El stud estaba en silencio. El entraineur, sus ayudantes, los vareadores, almorzaban en ese instante. El largo cuello y la cabeza erguida de Amid Bey daban la sola nota de vida en el corral.
         Amid Bey era alazán, era fornido, era hermoso. Le mimaban en el stud al cual había aportado cuantiosas sumas, desde la lejana fecha en que él se hiciera el amo de Santa Beatriz. Porque Amid Bey era entonces el mejor caballo de las pistas limeñas.
         Frecuentemente, Amid Bey miraba desfilar delante de su box, guiados por su amo o su entraineur, a periodistas y sportsmen. Amid Bey veía a su amo señalarlo orgulloso y luego acercarse a él, hacerle una caricia y darle una golosina. Amid Bey tenía conciencia de que era un gran caballo.
         Amid Bey, no obstante, se sentía infeliz en este momento. Su instinto le decía cómo era diferente su vida natural y Amid Bey deseaba ser libre, tener anchos prados para correr a su gusto sin sufrir encima al jinete que le azuzaba y le espoleaba. Escuchó un relincho, luego otro y presintió en seguida dentro de los boxes fronterizos a las hembras lozanas, fuertes, vírgenes. Amid Bey comprendió que debía ser muy grato vivir libremente, comiendo yerba fresca y entre hembras lozanas y fuertes como las que escondían los boxes fronterizos.
         Pronto llegó el rumor de pasos cercanos. Luego de voces. Y un minuto más tarde se detenían frente al box su amo y otros señores periodistas y sportsmen.
         Y su amo señaló orgulloso a Amid Bey y se acerca a él para hacerle una caricia y darle una golosina. Amid Bey no supo agradecer esta vez ni la caricia ni la golosina.


 

         Minutos antes de que se efectuara la gran prueba clásica de aquella tarde, Amid Bey paseaba, hermoso, fornido, altivo, delante de las tribunas. Millares de ojos lo escrutaban y Amid Bey, soberbio, formidable, galopó hacia el poste de partida.
         Era dura la carrera para Amid Bey. El handicap lo cargaba con el peso más alto y entre sus contendores había caballos jóvenes, caballos veloces que se destacaban entre las generaciones nuevas, futuros cracks.
         Amid Bey se colocó en su puesto y aguardó quieto la partida. No fue esta vez con la intranquilidad de otros tiempos, cuando nervioso y corajudo esperaba la lucha. Se diría que Amid Bey lamentaba ser un gran caballo.
         A sus ojos, tras las tapias del hipódromo, se extendía un mundo ansiado, un mundo amable, un mundo en que viviera cuando fue un potrillo, cuando siquiera a medias era libre, cuando arrancaba con sus dientes del suelo húmedo la yerba fresca, cuando no conocía más esfuerzo que el que hacía al retozar en el potrero verde y vasto.


 

         A una señal que coreó el clamor del público, partieron los caballos que disputaban la gran prueba. Todos trataron de ganar la punta. Pero más rápido que ninguno, Picaflor, el crack futuro que ya decían los cronistas, se marcó en el comando. Tras de él iban Bread, Room, Trini, escalonados. Al fondo, siguiendo su táctica tradicional, iba Amid Bey, en quien la lucha despertaba las instintivas y atávicas energías de la raza que ahogara un día la vaga nostalgia de la vida libre.
         Los caballos avanzaban raudos, elásticos, soberbios. Disputábanse con Picaflor el primer puesto y se esforzaban por distanciarse de Amid Bey; Amid Bey corría al fondo aún.
         Pronto estuvieron cerca de la última curva. Amid Bey fue lanzado entonces contra sus contendores e inició su ataque, uno de aquellos formidables ataques que lo habían reputado como el mejor caballo de las pistas limeñas. Pero Picaflor, Bread, Trini, Room eran también requeridos, eran también espoleados y favorecidos por el peso liviano corrían veloces. Tom, el jockey de Amid Bey, exigió con más vigor al crack y Amid Bey respondió noblemente al castigo que ensangrentaba sus ijares y quemaba sus flancos. Toda la atávica bravura del caballo se revelaba en aquel instante y cuando faltaban trescientos metros para el disco, era su rush el más gigantesco, el más formidable, el más soberbio.
         De pronto pareció que Amid Bey se quedaba de improviso. Avanzó algunos pasos, muy pocos, para pararse luego, mientras estallaba un gran clamor en las tribunas y Picaflor cruzaba la meta, victorioso, con un cuerpo de ventaja sobre Bread.


 

         Amid Bey, en el colosal esfuerzo, había dado una pisada falsa y se había mancado. Se afirmaba apenas sobre su mano derecha desgarrada y halado por su jockey y rodeado por los curiosos avanzaba lentamente hacia el pesaje.
         El crack caído, inutilizado, enfermo, despertaba la compasión del público que tantas veces lo aclamara. Y Amid Bey sintió un gran dolor de verse vencido y de que lo compadecieran. Miró luego a Picaflor que contento y ufano, salía del pesaje y comprendió que su derrota era cruel, total, definitiva.


 

         Fue al haras Rosicler donde llevaron a Amid Bey, el crack asombroso, después de curado. Inútil para las pistas, con la amenaza constante de que la lesión reviviera, Amid Bey había sido dedicado a la reproducción. Y en el haras, como en las pistas, volvió a ser el amo, el engreído, el mimado.
         De vez en cuando le daban libertad junto con los potrillos retozones e imprudentes y Amid Bey se tendía al sol y arrancaba con sus dientes la yerba fresca de la tierra húmeda…


 

         Un día, varios años habían pasado ya de aquél en que llegara al haras. Amid Bey vio que instalaban en él a otro caballo. Necesidades de incrementar el reciente criadero que habían obligado al propietario del stud Rosicler a adquirir otro semental. Bellevue. Como Amid Bey era alazán, como Amid Bey era hermoso, como Amid Bey era fornido.
         Amid Bey miró a Bellevue como un intruso, como un advenedizo que venía a disputarle sus derechos, a arrebatarle el amor de las hembras. Y una vez en que Amid Bey vio desde su box que se llevaban a Lulú, a su yegua, y que tal vez próximo la aguardaba Bellevue, el nuevo caballo que venía a compartir con él el dominio de su harén, sintió celos del intruso, lo odió. Y odió también a Lulú, a su yegua, que dejaba el box vecino al suyo, para ir donde Bellevue.
         Se había dado suelta en el potrero vasto y verde a Amid Bey, a Bellevue, a los potrillos. Los potrillos, inquietos imprudentes, retozaban jubilosos.
         Amid Bey y Bellevue, graves y reposados, pacían la yerba fresca. Y Amid Bey miraba con celos al intruso, al usurpador, que triscaba indiferente.
         Y Bellevue, más joven y más fuerte se sintió contagiado del ímpetu retozón e inquieto de los potrillos y se tendió al galope sobre la tierra blanda, húmeda y verde como alfombrada.
         En Amid Bey despertó el recuerdo de su pasado, su atávica bravura de corredor, su corajudo empuje de crack y siguió a Bellevue, corrió tras él, lo alcanzó casi. Los dos caballos, instintivamente, corrían veloces.
         Ya igualaba Amid Bey a Bellevue ya lo pasaba, cuando, como aquella tarde, muchos años antes, en Santa Beatriz, se detuvo de pronto y cayó después. La mano resentida, la mano inútil, la mano desgarrada, se había doblado nuevamente. Bellevue siguió al galope. Y Amid Bey, caído, lo miró alejarse, como en la otra vez a Picaflor, a Bread, a Room. Y sintió que su derrota lo perseguía hasta en los prados vastos y verdes del haras, donde antes fuera el amo, y sintió que su derrota era cruel, total, definitiva…

JUAN CRONIQUEUR


Referencias


  1. En El Turf, Nº 17, pp. 2-4, Lima, 28 de agosto de 1915. ↩︎